Yo conozco a esa mujer de la que está usted hablando.
Y perdone que me meta en lo que usted considera que no me importa pero la verdad es que si me importa porque yo conozco a esa mujer, es más yo estuve enamorado de esa mujer.
Le puedo decir incluso que no hace tanto tiempo me cansaba el pensamiento entre mis debilidades y sus perversidades, le puedo decir que no hace tanto todavía esperaba su llamada; mierda todavía la espero.
La conocí casi de niña, se me metió en un ojo como partícula de polvo y como partícula de polvo me hizo inexorablemente llorar, y luego se metió en el corazón como un soplo y como un soplo intentó llevarme a la muerte con cada esfuerzo que hacía por retenerla.
Al poco tiempo aprendí entonces a no retenerla, con mi corazón enfermo me resigne a sentarme y esperarla. Tejiendo deudas y noches en velas, aguardando como merodeador a que saliera de su claustro de amor ajeno; porque esa mujer si que sabía amar, únicamente que no a mi y notoriamente a usted tampoco.
Y ella regresaba a veces y cada vez que dejábamos de vernos era un adiós, a veces nos decíamos adiós al saludarnos, funerarios como la palabra cáncer. Hay que ser muy hombre para aceptar la muerte mil veces, no es cualquier bobalicón como usted que tiene que venir a sentarse en una barra a que sus amiguitos le limpien le saquen la arena de la vagina y le echen la culpa a ella, como si ella tuviera tiempo que perder con buenos para nada como usted.
De rodillas debería agradecer que se hay fijado en un novillero como usted, ha venido perdiendo su buen gusto desde que me dejó. Y es que lo triste es que no puedo siquiera decir que me dejara si para eso había que estar, ella era etérea como el concepto de Dios, era una vana aspiración basada cuando mejor en el optimismo.
Tal vez era distinta de día, no podría asegurarlo, mi horario era nocturno como celador o puta. Yo en el día era alguien, me bañaba y afeitaba, por ahí me decía de vez en cuando Don; pero en la noche me disfrazaba de victima como el zapato colgado del alambre telefónico que tengo al frente. Mi diferencia es que yo ya no me quejo.
No me quejo porque al menos a ratos tuve la mejor mujer de todas, una mujer escalofriante, precisa como resonancia magnética, una mujer que rejuvenece con shangri la pero mata como el cigarrillo, como un buen cigarrillo. Ella no era para dormir la siesta en su monte de Venus, para que te cuide las comidas o contarle los problemas de oficina; usted quizás no entendió lo que valía su tiempo, el tiempo es la materia prima de la vida y ella era la mismísima vida en arial 12 a espacio y medio.
En algún momento renegué de ella pero seguía apareciendo, yo decidí no hacerle más caso pero aparecía persistentemente disfrazada, con otro pelo, con otra bebida en la mano y con aliento a un tabaco diferente… pero vos sabías que era la misma, esa sensación es irrepetible. Era la misma en cada caso: la que me robo el pudor cuando adolescente, la que me sacó las primeras canas, la que puso mi ropa en bolsas de basura con olor a limón, por la que me pelee con mis amigos, la que me hizo pasarme el futuro por la nariz y la jareta
Era la misma lo juro porque solo se ama así una vez, le preguntaba su nombre cada vez porque había bebido y se me olvidan las cosas, ella me preguntaba mi nombre cada vez porque no podía ocupar su cabeza en levedades como yo.
Entre esas piernas vi pasar mi estabilidad, las promesas que me hice cuando niño, el perro lanudo en el jardín y la oficina con aire acondicionado; me distraje con ella y me perdí el final de la novela, me bebí el dinero de la colegiatura de mis hijos, me atropellaron tres décadas a velocidad temeraria y con unos tragos en la cabeza.
Yo también quería insultarla, la quería reputear, ir a su casa borracho o llevarle serenatas, decirle que sin ella me muero o dedicarle dos canciones; dichosamente nunca supe como ubicarla. No crea que no lloré en algún momento, lloré todas las lágrimas que me quedaban, se me gastaron todas. Pero ella me transmitió su capacidad de hacer llorar a otras como le fue en algún momento a ella transmitida por el hijo de puta que le enseño todo eso, todo eso que solo me deja dormir con pastillas.
La reconocí cuando la nombró -la equivocada- también responde al nombre de la ajena y algunos otros epítetos que ya no les permito.
En el fondo se que me extraña, jamás con la misma intensidad que la extraño yo –naturalmente- yo siempre la quise mucho más. Sin embargo le reconozco que ella siempre contó con muchas más opciones y decidía buscarme a mi y no por mi billetera ni mi buen físico, sin razón alguna me escogía a mi.
Usted dirá que no me importa pero ella me importa, y solo le advierto una cosa: límpiese la boca antes de volver a mentarla, porque siempre tuvo en mi un hombre que de la cara por ella.
martes, 1 de junio de 2010
jueves, 29 de abril de 2010
algo contigo
Como buenos homovidens de la generación prezapping (claro que no se podía sin control remoto), nos comíamos entre refrito y refrito todos los comerciales; por eso es que aún somos tan palurdos que hasta sentimos nostalgia con los comerciales de Gallito y Pipasa que interpretaba Abracadabra, o la canción de las buenas noches del Comilón de Harricks. Eso es lo curioso de la memoria, hay ciertas cosas que te transportan a rincones de tu vida, fue en ese entonces que me enamoré de esa otra canción.
Todo comenzaba con un loco, con cara de atormentado, que se volteaba donde una mujer con casi una teta de a por fuera –con lo que costaba ver una teta en aquel tiempo- y le exponía una lista de temas que no le parecían relevantes para finalizar lanzándola por un puerta trampa bajo su cama por no saber volar. Y era una coluchuda como un caniche, algo fea pero extrañamente atractiva, que cruzaba un burdel misterioso (suponía que así se veían los burdeles) mientras María Martha Serra Lima cantaba acompañada de Los Panchos aquella que decía “no hace falta que te diga, que me muero por tener algo contigo”.
Este era un corto promocional para una película argentina de Eliseo Subiela, que iban a proyectar en la Sala Garbo, cuando le quedaba tanto Garbo que hasta dejaban fumar dentro de la sala. Esa particular edición que no decía nada sobre la trama, la convirtió en una de las cosas más intrigantes y sensuales que en mi vida llegué a conocer.
Como no tenía 18 años conseguí en VHS esta película que se llamaba “El Lado Oscuro del Corazón” y así fue como esa coraza que me había creado con el Chavo del 8 y Don Francisco, reforzada por la lectura forzada de novelas sin contexto, fue derrumbada de un solo zarpazo y lo que de ahí sigue saliendo me llena los ojos de tanta luz que aún cuando los cierro puedo verla.
Un Dario Grandinetti que todavía tenía pelo, cruzaba el portal en medio de un vagina de utilería, se pasaba en vicios con malvivientes, volando culo con putas y leyendo versitos cortos de unos fulanos de apellido Gelman, Girondo y Benedetti.
Con la muerte al asecho pero sin la pinta de EMO, esta alma atormentada le decía a sus compañeras de lecho:
“¡pero eso sí! y en esto soy irreductible no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. ¡Si no saben volar pierden el tiempo las que pretendan seducirme!”
Y era una cosa que te superaba, que te pasaba de lejos y te mataba de envidia, y querías ser esa alma atormentada que con un par de esas rimas criminales podía reducir a una mujer etérea y después haría el amor volando.
Casi que gravitacionalmente me llegó un señor uruguayo que le pedía a las mujeres que no se salven, aquel cuya táctica era mirarlas y escucharlas para que un día sin mayor razón le necesiten. Y de esa misma forma nos fuimos desarrollando algunos cuantos como un grupo de neo intelectuales que a través de la poesía fuimos conociendo el mundo.
Se anunció ante nosotros la literatura como un ser superior, el Evangelio de Cortazar no tardo en llegar, nos perdimos en aquel Bestiario cuando creíamos que eran historias curiosas antes de conocer al maestro como uno de los mejores semiólogos del mundo, yo todavía juego Rayuela de vez en cuando. En el Túnel de Sábato me sentía en casa, ya no me sentía solo, estaba iluminado por pequeñas ventanas.
Ya pasadas mis mocedades entiendo que realmente no era mucho lo que comprendía, leer a Borges a los 18 es como querer llegar a la luna en un trampolín, me faltaba contexto histórico, biografía, experiencia tridimensional. Para mi todos los trenes llegaban a aquel mismo burdel de Subiela, con la iluminación pobre, oliendo a cigarrillo y melancolía.
Cuando se bajaba Maria Martha del escenario, se sentaba al piano Charly, con Fito, Sabina tocaba la guitarra y un muchacho apellido Calamaro practicaba los acordes de “Algo contigo”. En la mesa de al fondo Almodóvar se carcajeaba con sus chicas, con Carmen Maura, Verónica Forqué, Alaska, Bibi Andersen, Rossy de Palma.
En las paredes se derretía el tiempo mientras persistía la memoría, las mujeres hacía música con sus espaldas de la mano de Man Ray, un hombre se desparramaba cayendo por las gradas mientras lo miraban las Señoritas Avignon. Hoy no pudo venir el Conde de Orgaz porque estaba siendo enterrado.
Sobre el salón flotaba la mesa que compartía Penélope, Paz, Maribel y una Victoria Abril mientras era examinada por un submarinista. Martha gritaba Olé Olé mientras Ana le ponía otra moneda a la rocola y Bellucci solo fumaba.
Fumando todo lo que prendiera fuego y tomando con arte fuimos ampliando la mente a manifestaciones complejas: Camus, Bretón, Sartre, el Marqués de Sade… de la filosofía a la historia hasta toparse con la ópera, luego la bohemia y la blasfemia, y de regreso a la poesía.
Hace un par de días escuché nuevamente “Algo contigo” en una situación especial, y me sentí como el niño que se sentaba frente al televisor, esta vez observándome a mi mismo sin entenderme pero absorto, desnudándome en aquel agónico burdel hasta arrancarme el corazón y mandárselo a la mujer que vuela al otro lado del salón. Y la imagen me pareció atormentada, misteriosa y sensual. Gran parte de mi vida inició el día que escuche por primera vez esa canción, es a mi mismo que me escucho cada vez que me deconstruyo en esos acordes, es mi salvación, son mis espantapájaros, es mi rostros de vos.
Todo comenzaba con un loco, con cara de atormentado, que se volteaba donde una mujer con casi una teta de a por fuera –con lo que costaba ver una teta en aquel tiempo- y le exponía una lista de temas que no le parecían relevantes para finalizar lanzándola por un puerta trampa bajo su cama por no saber volar. Y era una coluchuda como un caniche, algo fea pero extrañamente atractiva, que cruzaba un burdel misterioso (suponía que así se veían los burdeles) mientras María Martha Serra Lima cantaba acompañada de Los Panchos aquella que decía “no hace falta que te diga, que me muero por tener algo contigo”.
Este era un corto promocional para una película argentina de Eliseo Subiela, que iban a proyectar en la Sala Garbo, cuando le quedaba tanto Garbo que hasta dejaban fumar dentro de la sala. Esa particular edición que no decía nada sobre la trama, la convirtió en una de las cosas más intrigantes y sensuales que en mi vida llegué a conocer.
Como no tenía 18 años conseguí en VHS esta película que se llamaba “El Lado Oscuro del Corazón” y así fue como esa coraza que me había creado con el Chavo del 8 y Don Francisco, reforzada por la lectura forzada de novelas sin contexto, fue derrumbada de un solo zarpazo y lo que de ahí sigue saliendo me llena los ojos de tanta luz que aún cuando los cierro puedo verla.
Un Dario Grandinetti que todavía tenía pelo, cruzaba el portal en medio de un vagina de utilería, se pasaba en vicios con malvivientes, volando culo con putas y leyendo versitos cortos de unos fulanos de apellido Gelman, Girondo y Benedetti.
Con la muerte al asecho pero sin la pinta de EMO, esta alma atormentada le decía a sus compañeras de lecho:
“¡pero eso sí! y en esto soy irreductible no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. ¡Si no saben volar pierden el tiempo las que pretendan seducirme!”
Y era una cosa que te superaba, que te pasaba de lejos y te mataba de envidia, y querías ser esa alma atormentada que con un par de esas rimas criminales podía reducir a una mujer etérea y después haría el amor volando.
Casi que gravitacionalmente me llegó un señor uruguayo que le pedía a las mujeres que no se salven, aquel cuya táctica era mirarlas y escucharlas para que un día sin mayor razón le necesiten. Y de esa misma forma nos fuimos desarrollando algunos cuantos como un grupo de neo intelectuales que a través de la poesía fuimos conociendo el mundo.
Se anunció ante nosotros la literatura como un ser superior, el Evangelio de Cortazar no tardo en llegar, nos perdimos en aquel Bestiario cuando creíamos que eran historias curiosas antes de conocer al maestro como uno de los mejores semiólogos del mundo, yo todavía juego Rayuela de vez en cuando. En el Túnel de Sábato me sentía en casa, ya no me sentía solo, estaba iluminado por pequeñas ventanas.
Ya pasadas mis mocedades entiendo que realmente no era mucho lo que comprendía, leer a Borges a los 18 es como querer llegar a la luna en un trampolín, me faltaba contexto histórico, biografía, experiencia tridimensional. Para mi todos los trenes llegaban a aquel mismo burdel de Subiela, con la iluminación pobre, oliendo a cigarrillo y melancolía.
Cuando se bajaba Maria Martha del escenario, se sentaba al piano Charly, con Fito, Sabina tocaba la guitarra y un muchacho apellido Calamaro practicaba los acordes de “Algo contigo”. En la mesa de al fondo Almodóvar se carcajeaba con sus chicas, con Carmen Maura, Verónica Forqué, Alaska, Bibi Andersen, Rossy de Palma.
En las paredes se derretía el tiempo mientras persistía la memoría, las mujeres hacía música con sus espaldas de la mano de Man Ray, un hombre se desparramaba cayendo por las gradas mientras lo miraban las Señoritas Avignon. Hoy no pudo venir el Conde de Orgaz porque estaba siendo enterrado.
Sobre el salón flotaba la mesa que compartía Penélope, Paz, Maribel y una Victoria Abril mientras era examinada por un submarinista. Martha gritaba Olé Olé mientras Ana le ponía otra moneda a la rocola y Bellucci solo fumaba.
Fumando todo lo que prendiera fuego y tomando con arte fuimos ampliando la mente a manifestaciones complejas: Camus, Bretón, Sartre, el Marqués de Sade… de la filosofía a la historia hasta toparse con la ópera, luego la bohemia y la blasfemia, y de regreso a la poesía.
Hace un par de días escuché nuevamente “Algo contigo” en una situación especial, y me sentí como el niño que se sentaba frente al televisor, esta vez observándome a mi mismo sin entenderme pero absorto, desnudándome en aquel agónico burdel hasta arrancarme el corazón y mandárselo a la mujer que vuela al otro lado del salón. Y la imagen me pareció atormentada, misteriosa y sensual. Gran parte de mi vida inició el día que escuche por primera vez esa canción, es a mi mismo que me escucho cada vez que me deconstruyo en esos acordes, es mi salvación, son mis espantapájaros, es mi rostros de vos.
lunes, 8 de marzo de 2010
generación x
Ahora existe una tendencia frenética a clasificar todas las cosas, posiblemente porque es más fácil venderle a los sujetos clasificados, o porque los elementos de clasificación se comercian en E Bay o se pueden descargar en su versión 7.1.3 en un sitio que sirve para comprarle más cuellos de tortuga al bueno de Steve Jobs.
Así que en cosa de 30 años hemos pasado por la generación X, Y y Z, en mi condición de radical miembro de la generación X, me preocupó el leer recientemente que la generación Z, o los “nativos tecnológicos”, son los hijos de mi generación.
En principio antoja pensar en que es lo que define a la Generación X. Unos dirán que el ingreso de nueva tecnologías, el avance de los medios de comunicación masiva y personalizada, Nirvana, R.E.M., la caída del muro de Berlín o del Challenger; pues si, todo eso nos marcó pero yo tengo una serie de elementos que creo que nos podría relacionar a los que leamos esté blog (si está leyendo esto en un Ipad, descártelo, usted no es parte de mi generación)
Por ejemplo creo que amamos a Winona Ryder, no es algo particular, es una combinación armónica de su carita peleona, sus tetitas lindas, sus cortes locos de cabello, lo linda que se veía en overall (los overalles son muy X) y ese cuerpecito que fácilmente puede manipularse con nuestros físicos de la generación pre gimnasios. Los más jóvenes la ven como la actriz loca que se metió a robar a una tienda en New York y eso me da pena, creo que se perdieron la magia de la muchacha X por excelencia.
Star Wars es una película exclusiva para los X, ni una generación arriba, ni una abajo soportan un segundo de la que nosotros idolatramos como la mejor saga de la historia. Para las nuevas generaciones está Ávatar (que le pido al cielo no se convierta en una saga).
Aprendimos sobre la marcha a temerle al SIDA y a dejar de tenerle miedo y asco a los playos (y dejar de deciles asi y ahora llamarlos movimiento lésbico-gai , así con i latina). Estas son dos cosas muy relacionadas en nuestras mentes, todos tuvimos nuestra primera referencia a este síndrome como “una enfermedad que le da a los homosexuales” haciendo un poco referencia al castigo divino.
Un inicial desprendimiento del látigo de la religión católica, de la que fuimos arrancando una a una sus cadenas de culpa por castigar las cosas que más nos gustan como el sexo prematrimonial y el divorcio; para caer, ya pasados los 30, a los templos cristianos a regar bendiciones y canciones de Jesús Adrian Romero, éxodo masivo que supongo que tiene algo que ver con los abusos flagrantes en los 90s y lo que nos quedó del miedo a Dios del catecismo.
Ausencia absoluta de un plan B, las generaciones anteriores tuvieron el pacifismo, el comunismo, las revoluciones, las independencias… nosotros nos quedamos sin nada, ya verificamos que ninguna de esas cosas nos va a salvar, a pesar de un idealismo romántico sabemos que tristemente la humanidad seguirá siendo una mierda y es básicamente porque los seres humanos somos una mierda. Sabido eso no nos queda otra opción que la de gastarnos el 90% de nuestros ingresos en vicios, gadgets y ropa; para posteriormente confiarle a las tarjetas de crédito todo lo relacionado con comida, alojamiento y cirugías plásticas.
Cuando estas cosas no funcionaron (yo insisto en que si funcionan) empezamos a tratar de limpiar nuestras consciencias con causas moralmente muy corrongas, como los teletones y posteriormente los votos por SMS para apoyar causas loables como las de bailando por un sueño o los damnificados del terremoto de haiCHILE, o la liberación del Tíbet, o la lucha contra el racismo. Y luego siguen las disciplinas pseudointelectuales/pseudoespirituales como el yoga, o la cábala o cualquier cosa que me haga ver inteligente sin realmente necesitar serlo.
O mejor aún, empezamos a pelear batallas que ya teníamos por ganadas pero que (especialmente importante) no exista ninguna posibilidad de perder; como evitar que el mundo se acabe, ó talvez, evitar que el mundo nos acabe porque todos los desastres naturales de los últimos tiempos han sido adjudicados a una consciencia natural combativa que quiere eliminarnos de la ecuación. Salvemos a todas las especies pero sin usar la clonación porque es trampa, mantener la temperatura de la tierra bonita y tropical en Aruba y fría para esquiar en Sundance.
Ahora resulta que estamos en una carrera contra reloj por salvar al medio ambiente, cuando en la escuela nos vendían el aire, el agua, y todas esas cosas eran recursos inagotables, pues dice Al Gore que se nos van a acabar en menos de 30 años. Bueno, yo no estoy seguro que eso sea cierto, que si bien deberíamos cuidar el medio ambiente, ese ha sido una gran estafa de los baby boomer para enfocar dineros en sus investigaciones, anzuelo que pico el Nobel, por ejemplo.
Particularmente preferiría que utilizaran más de ese dinero en erradicar el SIDA en África, o en Tibás por lo menos, en acabar con la terrible hambruna que mata miles de niños anualmente, o llevar agua potable, salud y educación a esos pobres negritos con moscas en la cara. Esto me lo enseño Bob Geldof, el Al Gore de mi generación (el mío por lo menos era músico británico, el de usted era tabacalero y casi presidente gringo).
No se trata de ser absurdamente nostálgico, pero sacamos adelante una muy bonita generación, buena música (cuando todavía se interpretaba con instrumentos), buenas fiestas, buenas madres, edificios altos, drogas recreativas, buen sexo. Buenas mujeres, muy buenas mujeres, no se tenían que dar besos falsos entre ellas para llamar la atención al estilo TaTu; si se vestían de enfermeras es porque eran enfermeras, si vestían de colegialas era mejor que nadie se diera cuenta; con una capacidad bonita de querer y conversar, muy mujeres; trabajaban hasta las más bonitas y no era en eso de andar metiéndose cosas. Ya pasado el tiempo han resultado buenas madres ellas también.
Hoy muchas cosas parecen confusas, pero nos queda un consuelo, cuando entre la generación Z 3.0 en cosa de 30 años... El mundo ya se va a haber acabado*
*Evangelio de los ecologistas de los ultimos días, Al Gore 3:16
Así que en cosa de 30 años hemos pasado por la generación X, Y y Z, en mi condición de radical miembro de la generación X, me preocupó el leer recientemente que la generación Z, o los “nativos tecnológicos”, son los hijos de mi generación.
En principio antoja pensar en que es lo que define a la Generación X. Unos dirán que el ingreso de nueva tecnologías, el avance de los medios de comunicación masiva y personalizada, Nirvana, R.E.M., la caída del muro de Berlín o del Challenger; pues si, todo eso nos marcó pero yo tengo una serie de elementos que creo que nos podría relacionar a los que leamos esté blog (si está leyendo esto en un Ipad, descártelo, usted no es parte de mi generación)
Por ejemplo creo que amamos a Winona Ryder, no es algo particular, es una combinación armónica de su carita peleona, sus tetitas lindas, sus cortes locos de cabello, lo linda que se veía en overall (los overalles son muy X) y ese cuerpecito que fácilmente puede manipularse con nuestros físicos de la generación pre gimnasios. Los más jóvenes la ven como la actriz loca que se metió a robar a una tienda en New York y eso me da pena, creo que se perdieron la magia de la muchacha X por excelencia.
Star Wars es una película exclusiva para los X, ni una generación arriba, ni una abajo soportan un segundo de la que nosotros idolatramos como la mejor saga de la historia. Para las nuevas generaciones está Ávatar (que le pido al cielo no se convierta en una saga).
Aprendimos sobre la marcha a temerle al SIDA y a dejar de tenerle miedo y asco a los playos (y dejar de deciles asi y ahora llamarlos movimiento lésbico-gai , así con i latina). Estas son dos cosas muy relacionadas en nuestras mentes, todos tuvimos nuestra primera referencia a este síndrome como “una enfermedad que le da a los homosexuales” haciendo un poco referencia al castigo divino.
Un inicial desprendimiento del látigo de la religión católica, de la que fuimos arrancando una a una sus cadenas de culpa por castigar las cosas que más nos gustan como el sexo prematrimonial y el divorcio; para caer, ya pasados los 30, a los templos cristianos a regar bendiciones y canciones de Jesús Adrian Romero, éxodo masivo que supongo que tiene algo que ver con los abusos flagrantes en los 90s y lo que nos quedó del miedo a Dios del catecismo.
Ausencia absoluta de un plan B, las generaciones anteriores tuvieron el pacifismo, el comunismo, las revoluciones, las independencias… nosotros nos quedamos sin nada, ya verificamos que ninguna de esas cosas nos va a salvar, a pesar de un idealismo romántico sabemos que tristemente la humanidad seguirá siendo una mierda y es básicamente porque los seres humanos somos una mierda. Sabido eso no nos queda otra opción que la de gastarnos el 90% de nuestros ingresos en vicios, gadgets y ropa; para posteriormente confiarle a las tarjetas de crédito todo lo relacionado con comida, alojamiento y cirugías plásticas.
Cuando estas cosas no funcionaron (yo insisto en que si funcionan) empezamos a tratar de limpiar nuestras consciencias con causas moralmente muy corrongas, como los teletones y posteriormente los votos por SMS para apoyar causas loables como las de bailando por un sueño o los damnificados del terremoto de haiCHILE, o la liberación del Tíbet, o la lucha contra el racismo. Y luego siguen las disciplinas pseudointelectuales/pseudoespirituales como el yoga, o la cábala o cualquier cosa que me haga ver inteligente sin realmente necesitar serlo.
O mejor aún, empezamos a pelear batallas que ya teníamos por ganadas pero que (especialmente importante) no exista ninguna posibilidad de perder; como evitar que el mundo se acabe, ó talvez, evitar que el mundo nos acabe porque todos los desastres naturales de los últimos tiempos han sido adjudicados a una consciencia natural combativa que quiere eliminarnos de la ecuación. Salvemos a todas las especies pero sin usar la clonación porque es trampa, mantener la temperatura de la tierra bonita y tropical en Aruba y fría para esquiar en Sundance.
Ahora resulta que estamos en una carrera contra reloj por salvar al medio ambiente, cuando en la escuela nos vendían el aire, el agua, y todas esas cosas eran recursos inagotables, pues dice Al Gore que se nos van a acabar en menos de 30 años. Bueno, yo no estoy seguro que eso sea cierto, que si bien deberíamos cuidar el medio ambiente, ese ha sido una gran estafa de los baby boomer para enfocar dineros en sus investigaciones, anzuelo que pico el Nobel, por ejemplo.
Particularmente preferiría que utilizaran más de ese dinero en erradicar el SIDA en África, o en Tibás por lo menos, en acabar con la terrible hambruna que mata miles de niños anualmente, o llevar agua potable, salud y educación a esos pobres negritos con moscas en la cara. Esto me lo enseño Bob Geldof, el Al Gore de mi generación (el mío por lo menos era músico británico, el de usted era tabacalero y casi presidente gringo).
No se trata de ser absurdamente nostálgico, pero sacamos adelante una muy bonita generación, buena música (cuando todavía se interpretaba con instrumentos), buenas fiestas, buenas madres, edificios altos, drogas recreativas, buen sexo. Buenas mujeres, muy buenas mujeres, no se tenían que dar besos falsos entre ellas para llamar la atención al estilo TaTu; si se vestían de enfermeras es porque eran enfermeras, si vestían de colegialas era mejor que nadie se diera cuenta; con una capacidad bonita de querer y conversar, muy mujeres; trabajaban hasta las más bonitas y no era en eso de andar metiéndose cosas. Ya pasado el tiempo han resultado buenas madres ellas también.
Hoy muchas cosas parecen confusas, pero nos queda un consuelo, cuando entre la generación Z 3.0 en cosa de 30 años... El mundo ya se va a haber acabado*
*Evangelio de los ecologistas de los ultimos días, Al Gore 3:16
miércoles, 27 de enero de 2010
ya no quiero ser domingueño
Se lo juro por Dios que ya me harte de todo esta vara, ya no quiero ser de pueblo, ya no quiero tener acento ni reconocer a otros domingueños al otro lado de la mesa. Hace más de 10 años salí de Santo Domingo pero Santo Domingo no termina de salir de mi, compa.
Quiero jugar golf o tenis los sábados en la mañana, en un club de esos que están abiertos en el día no como Alcazar. El tenis se ve mucho más fino que el beis en el poli o las mejengas de los Abotagados en la plaza, tomando linaza esperando que abran el Cafetal.
Ya no quiero ser Azofeifa, quiero tener uno de esos apellidos extranjeros, fino, que se pronuncian distinto a como se escriben, ojala con dos puntitos un encima de las letras. Yo solo se usar esos dos puntos para escribir yigüirro y no me refiero a un pájaro, eso es domingueño para gay.
Quiero ir a pubs y lounges y pedir sushi o tablitas de quesos y embutidos, ojala que vayan de acuerdo con el vino (que no sea de nance), o a lo sumo unos nachos de pollo o buffalo wings; ya se me taponearon 4 arterias de comer queso de chancho, frito, bocas de pizuña y gallitos de Silverio.
No quiero picapiedras ni aunque los hagan con el pan de Valverde, ni ravioles del Pato Cansado, ni ilustrados de donde Cuyo, ni sorpresas de la pulpería del viejillo. Quiero ir a Pizza Hut o MacDonalds y que me lo lleven a dejar a mi casa, no tener que decirle a mami que vaya sacando los platas y sirviendo el fresco mientras voy a trae la jama a Heredia en lata.
Quiero usar pantalones blancos para ir a la playa (sin paletones), o bufandas, o zapatos italianos sin medias y que parezca que voy a pasear en un yate o a un concierto de Julio Iglesias. Quiero ser calvo, narizón y judío que es el look de moda entre las modelos de Tía Zelmira (que normalmente vienen de pueblos como el mío pero que hay que cambiar de bus tres veces para llegar).
Ya estoy harto que la computadora me subraye en rojo la mitad de las cosas que escribo, necesito aprender palabras que existan o comprar una computadora en domingueño.
No quiero ser borracho, escandaloso ni bronquero, no quiero hablar de hembras ni de carros; quiero hablar de ecología, o de fashion o de otras personas, de esas que se dice el nombre con el apellido pegado como si fuera un nombre científico.
No voy a emocionarme cuando veo tetas en tele, ni tender la cama de los moteles, ni gritar “puerto-puerto”, ni joder a los travestís de la bíblica.
Voy a cerrar Hi5 y abrir facebook, y ya luego lo voy a escribir FB y ahí voy a tener una carpeta de fotos que se llame viajes, con viajes de verdad no con el del día que fuimos a la Juntas o a acampar por la Central.
Ni siquiera puedo decir que seamos valientes solo porque nos andemos peleando a cada rato o nos tiremos de los arboles a las pozas, en realidad le tenemos miedo a las cosas más irracionales como el viejo de los ojos salidos, a la choza de los gatos, al Diablo, la Giganta y los demás payasos, o a los Arrancatroncas cuando legaban en bici afuera del cole.
Nunca supe de superman ni de batman, mis únicos ídolos era Sancho el carnicero, que mataba una res de un pichazo entre los ojos y Chocho, que medía metro y medio y una vez se bajo 78 birras en el Sámara.
Quiero ser un caballero y llevar a cenar a la luz de las velas a una muchacha linda y de sociedad, a un restaurante con concepto, con sillas que no parecen sillas y un 90% de ingredientes que no se consiguen ni en Pali ni en Rayo Azul. Quiero abrirle la puerta cuando salga y jalarle ese cubo pa que se siente y al final de la noche llevarla a casa y depositarle un suave beso de buenas noches.
No me importa que no se ría en toda la noche, ni que esas dos copas de vino me cuesten más que una caja de birras (no voy a pedir la tercera porque tengo que manejar, yigüirro), o que estás putas sillas sean incomodas como dormir con la prima rica, no me importa que la vieja solo me meta las manos al pantalón buscando el blackberry o que al darme ese beso esté pensando en un domingueño como yo solía ser. Que cagada, somos HOMBRES, no somos caballeros.
Si tan solo me hubieran criado con un poco de pedagogía, con estimulación temprana, Mozart para niños o el rollo de los niños índigo; tal vez habría desarrollado mis inteligencias múltiples y sería una persona con mayor sensibilidad y empatía. En cambio me sentaban desde los 5 años en la barra de los Pitufos o de Fellos a atragantarme con bocas y que los borrachos me hicieran preguntas de futbol; a la edad en que debía estar escuchando a Cri Cri me tiraba a Cutito Larrinaga y a Daniel Santos; ya a los 7 años le decía negrita a las saloneras.
Quiero ser elegante y distinguido, no tomar antes del medio día, pronunciar los diptongos y tener más sellos en el pasaporte que en la libreta de comunicaciones del Sama.
Yo quiero ser como usted que solo tiene lo mejor; quiero tener una casa como la suya, un trabajo como el suyo y un domingueño… como yo.
Quiero jugar golf o tenis los sábados en la mañana, en un club de esos que están abiertos en el día no como Alcazar. El tenis se ve mucho más fino que el beis en el poli o las mejengas de los Abotagados en la plaza, tomando linaza esperando que abran el Cafetal.
Ya no quiero ser Azofeifa, quiero tener uno de esos apellidos extranjeros, fino, que se pronuncian distinto a como se escriben, ojala con dos puntitos un encima de las letras. Yo solo se usar esos dos puntos para escribir yigüirro y no me refiero a un pájaro, eso es domingueño para gay.
Quiero ir a pubs y lounges y pedir sushi o tablitas de quesos y embutidos, ojala que vayan de acuerdo con el vino (que no sea de nance), o a lo sumo unos nachos de pollo o buffalo wings; ya se me taponearon 4 arterias de comer queso de chancho, frito, bocas de pizuña y gallitos de Silverio.
No quiero picapiedras ni aunque los hagan con el pan de Valverde, ni ravioles del Pato Cansado, ni ilustrados de donde Cuyo, ni sorpresas de la pulpería del viejillo. Quiero ir a Pizza Hut o MacDonalds y que me lo lleven a dejar a mi casa, no tener que decirle a mami que vaya sacando los platas y sirviendo el fresco mientras voy a trae la jama a Heredia en lata.
Quiero usar pantalones blancos para ir a la playa (sin paletones), o bufandas, o zapatos italianos sin medias y que parezca que voy a pasear en un yate o a un concierto de Julio Iglesias. Quiero ser calvo, narizón y judío que es el look de moda entre las modelos de Tía Zelmira (que normalmente vienen de pueblos como el mío pero que hay que cambiar de bus tres veces para llegar).
Ya estoy harto que la computadora me subraye en rojo la mitad de las cosas que escribo, necesito aprender palabras que existan o comprar una computadora en domingueño.
No quiero ser borracho, escandaloso ni bronquero, no quiero hablar de hembras ni de carros; quiero hablar de ecología, o de fashion o de otras personas, de esas que se dice el nombre con el apellido pegado como si fuera un nombre científico.
No voy a emocionarme cuando veo tetas en tele, ni tender la cama de los moteles, ni gritar “puerto-puerto”, ni joder a los travestís de la bíblica.
Voy a cerrar Hi5 y abrir facebook, y ya luego lo voy a escribir FB y ahí voy a tener una carpeta de fotos que se llame viajes, con viajes de verdad no con el del día que fuimos a la Juntas o a acampar por la Central.
Ni siquiera puedo decir que seamos valientes solo porque nos andemos peleando a cada rato o nos tiremos de los arboles a las pozas, en realidad le tenemos miedo a las cosas más irracionales como el viejo de los ojos salidos, a la choza de los gatos, al Diablo, la Giganta y los demás payasos, o a los Arrancatroncas cuando legaban en bici afuera del cole.
Nunca supe de superman ni de batman, mis únicos ídolos era Sancho el carnicero, que mataba una res de un pichazo entre los ojos y Chocho, que medía metro y medio y una vez se bajo 78 birras en el Sámara.
Quiero ser un caballero y llevar a cenar a la luz de las velas a una muchacha linda y de sociedad, a un restaurante con concepto, con sillas que no parecen sillas y un 90% de ingredientes que no se consiguen ni en Pali ni en Rayo Azul. Quiero abrirle la puerta cuando salga y jalarle ese cubo pa que se siente y al final de la noche llevarla a casa y depositarle un suave beso de buenas noches.
No me importa que no se ría en toda la noche, ni que esas dos copas de vino me cuesten más que una caja de birras (no voy a pedir la tercera porque tengo que manejar, yigüirro), o que estás putas sillas sean incomodas como dormir con la prima rica, no me importa que la vieja solo me meta las manos al pantalón buscando el blackberry o que al darme ese beso esté pensando en un domingueño como yo solía ser. Que cagada, somos HOMBRES, no somos caballeros.
Si tan solo me hubieran criado con un poco de pedagogía, con estimulación temprana, Mozart para niños o el rollo de los niños índigo; tal vez habría desarrollado mis inteligencias múltiples y sería una persona con mayor sensibilidad y empatía. En cambio me sentaban desde los 5 años en la barra de los Pitufos o de Fellos a atragantarme con bocas y que los borrachos me hicieran preguntas de futbol; a la edad en que debía estar escuchando a Cri Cri me tiraba a Cutito Larrinaga y a Daniel Santos; ya a los 7 años le decía negrita a las saloneras.
Quiero ser elegante y distinguido, no tomar antes del medio día, pronunciar los diptongos y tener más sellos en el pasaporte que en la libreta de comunicaciones del Sama.
Yo quiero ser como usted que solo tiene lo mejor; quiero tener una casa como la suya, un trabajo como el suyo y un domingueño… como yo.
sábado, 9 de enero de 2010
conclusiones sobre la Costa Rica mediatica*
El otro día me pasó una cosa de lo más agradable, no vi noticias ni leí el periódico en todo el día.
Un poco por la dinámica de mi trabajo y otro poco por el masoquismo de mi elección profesional, estoy expuesto cada mañana a todos los periódicos de circulación nacional y a todas las rondas de noticieros, esto me ha llevado a ciertas conclusiones:
• Entre las personas que mueren en todos los conflictos internacionales en el mundo, las victimas del terrorismo y los que caen fallecidos por cualquier tipo de violencia social en Costa Rica; la humanidad está por acabarse en cualquier momento.
• La única forma de ascensión social está en el narcotráfico, trasiego de órganos, robarse cualquier préstamo estatal, peculado o prostitución VIP. Porque los empleados públicos y privados con costos pellizcan como un medio por ciento de aumento salarial cada año.
• El deporte, que solía ser un valuarte de esfuerzo y voluntad para vencer, se ha convertido en competencias de serrucho desde el camerino o la columna, olimpiadas de lanzamientos de chicles y evasión de cuotas obrero patronales con la Caja.
• Para alcanzar una sólida presencia en la páginas de espectáculos, no se esmere en ser un artista talentoso o contribuir a la cultura nacional con propuestas ingeniosas; mejor reclamele a su colega que le está quitando el marido (puntos extra si hay violencia física), grabase mientras se auto infringe placer, o pélese, pelarse está bien y le da una oportunidad de responder ingeniosas preguntas en la columna de al lado (¿Qué la conquista en un hombre?¿Si usted fuera cancha de fútbol como le gustaría que la podaran? etc. etc. etc.).
Ese día que les cuento fue extraño, vi a la gente trabajando, a madres caminando con sus hijos de la manos (desarmadas y sin guardaespaldas) o mujeres lindas (con todo y ropa), logre ver una Costa Rica tridimensional con cosas buenas y malas, talvez y hasta más buenas que malas. Al día siguiente agarre el periódico y salí regrese a la triste realidad mediática.
*Artículo escrito para la edición de noviembre de la Revista PH
Un poco por la dinámica de mi trabajo y otro poco por el masoquismo de mi elección profesional, estoy expuesto cada mañana a todos los periódicos de circulación nacional y a todas las rondas de noticieros, esto me ha llevado a ciertas conclusiones:
• Entre las personas que mueren en todos los conflictos internacionales en el mundo, las victimas del terrorismo y los que caen fallecidos por cualquier tipo de violencia social en Costa Rica; la humanidad está por acabarse en cualquier momento.
• La única forma de ascensión social está en el narcotráfico, trasiego de órganos, robarse cualquier préstamo estatal, peculado o prostitución VIP. Porque los empleados públicos y privados con costos pellizcan como un medio por ciento de aumento salarial cada año.
• El deporte, que solía ser un valuarte de esfuerzo y voluntad para vencer, se ha convertido en competencias de serrucho desde el camerino o la columna, olimpiadas de lanzamientos de chicles y evasión de cuotas obrero patronales con la Caja.
• Para alcanzar una sólida presencia en la páginas de espectáculos, no se esmere en ser un artista talentoso o contribuir a la cultura nacional con propuestas ingeniosas; mejor reclamele a su colega que le está quitando el marido (puntos extra si hay violencia física), grabase mientras se auto infringe placer, o pélese, pelarse está bien y le da una oportunidad de responder ingeniosas preguntas en la columna de al lado (¿Qué la conquista en un hombre?¿Si usted fuera cancha de fútbol como le gustaría que la podaran? etc. etc. etc.).
Ese día que les cuento fue extraño, vi a la gente trabajando, a madres caminando con sus hijos de la manos (desarmadas y sin guardaespaldas) o mujeres lindas (con todo y ropa), logre ver una Costa Rica tridimensional con cosas buenas y malas, talvez y hasta más buenas que malas. Al día siguiente agarre el periódico y salí regrese a la triste realidad mediática.
*Artículo escrito para la edición de noviembre de la Revista PH
lunes, 14 de diciembre de 2009
tiempo
No me cabe duda que la clave para mantener funcionando una relación no se encuentra en el corazón, o en la cabeza, tampoco entre las piernas o guardada en la billetera; la clave para el éxito sentimental está claramente en la muñeca izquierda.
Es el tiempo el que marca todo tu rango de posibilidades, es justamente en el tiempo que podemos ubicar nuestras historias, nuestros presentes, es el tiempo el que hace mella en los corazones cansados y es el mismo que en algún momento rejuvenece ilusiones ya marchitas con ganas de dar ese último round.
Es al tiempo a quien le debo mis recuerdos que son el único merito adjudicadle en una situación en la que se sabe admitir que, cuando de amores se habla, nunca nadie solo gana o solo pierde.
Es la misma escena del avión de Casablanca, todo se resume en un preámbulo de despedida con una deconstrucción y posterior reconstrucción, todos aprendemos a nacer de nuevo en esos labios subjetivamente virginales que te cambian las mantillas cada vez que marcas un teléfono o que aplastas una oreja en el ombligo ajeno.
Fue clave cuando conocí a ese chiquilla alocada que le volaban las mariposas por la espalda y se tomaba tragos en llamas mientras movía los hombros, fue clave porque regresaba a este país a regañadientes con un épico amor a cuestas y unas cuantas semanas de separación, llegaba con un corazón hipotecado a un italiano de quien me daban ganas de enamorarme hasta a mi.
Fueron tres años de una preciosa lucha que me dejo recuerdos maravillosos y una relación que mutó sutilmente en entrañable amistad, al punto que siempre se molesta porque le doy la razón a sus novios y le digo que los cuide, que son buenos muchachos. Llevo meses pidiéndole insistentemente que ya me haga abuelo.
También fue la clave aquella tarde que transmitíamos el programa desde un bar y yo andaba como un pre indigente, gestionando con el abogado la custodia de mi ruinoso corazón en juicio férreo con un amor de ayer que insistía en mantener la patria potestad. Ese día conocí a una muchacha que se dedicaba a modelo pero que siendo prácticamente niños me conversaba de Cortázar y de Silvio, de Tagore y Oppenheimer.
La recuerdo por las conversaciones de mesa bohemia y por el sabor fructuoso de cada centímetro de su cuerpo; la recuerdo por aquel fantasma de la relación sin vínculos afectivos, sostenida apenas por el hilo de la risa que sale del cerebro y ese tacto vicioso que se acostumbraba mutuamente.
Pero aunque traté de explicarlo lo mejor posible, nunca me termino de entender que las manecillas de mi reloj estaban caminado para atrás, y tenía que regresar a mi anterior domicilio para atender el tema de mi mudanza, ahora tengo mi apartamento de soltero.
Y loco fue el tiempo en que conocí a aquella otra muchacha dos meses antes de casarse, y una serie de elementos se confabularon para ponernos las cosas complicadas, terminando nuevamente en la escena del avión, con Paul Hendrid pidiéndole un scotch en las rocks a la aeromoza mientras un servidor jugaba al Bogie y se ahorraba un problemón desajustando su cronometro y perdiendo a la chica por el bien de los tres.
O esta niña maravillosamente chispeante que conocí hace poco, de esas que llenan cada cuarto con su buena onda, linda como día feriado y con todo un compendio de maravillas poco ubicables, ya no en una sola muchacha sino en un solo eón. El punto es que quisieras compartir mucho tiempo de tu vida con ella, quisieras pedirle la hora para sincronizar relojes con precisión británica, pero el mundo no funciona de esta forma, así que tendrás que tomarte el tiempo para entender su historia, compartir la tuya y empezar a hacer tic tac juntos o marcar tarjeta en el reloj de salida.
O de aquella que conoces 15 años tarde, o la otra que llego muy pronto a tu vida, o la que pasó muy rápido, o la que convences que no es tan tarde, o la que le decís que se está haciendo tarde para irse, o el pleito por esperarla una hora, o cuando llegaste dos horas y 5 birras tarde, o las 8 miserables horas de Palmares, o los 3 minutos una vez cada dos semanas a los que nadie quiere llegar, o los aniversarios, o la música de los 90, o la misa de 5, o tu pasado, o nuestro futuro; todo absolutamente todo nace y muere en la muñeca izquierda.
Es el tiempo el que marca todo tu rango de posibilidades, es justamente en el tiempo que podemos ubicar nuestras historias, nuestros presentes, es el tiempo el que hace mella en los corazones cansados y es el mismo que en algún momento rejuvenece ilusiones ya marchitas con ganas de dar ese último round.
Es al tiempo a quien le debo mis recuerdos que son el único merito adjudicadle en una situación en la que se sabe admitir que, cuando de amores se habla, nunca nadie solo gana o solo pierde.
Es la misma escena del avión de Casablanca, todo se resume en un preámbulo de despedida con una deconstrucción y posterior reconstrucción, todos aprendemos a nacer de nuevo en esos labios subjetivamente virginales que te cambian las mantillas cada vez que marcas un teléfono o que aplastas una oreja en el ombligo ajeno.
Fue clave cuando conocí a ese chiquilla alocada que le volaban las mariposas por la espalda y se tomaba tragos en llamas mientras movía los hombros, fue clave porque regresaba a este país a regañadientes con un épico amor a cuestas y unas cuantas semanas de separación, llegaba con un corazón hipotecado a un italiano de quien me daban ganas de enamorarme hasta a mi.
Fueron tres años de una preciosa lucha que me dejo recuerdos maravillosos y una relación que mutó sutilmente en entrañable amistad, al punto que siempre se molesta porque le doy la razón a sus novios y le digo que los cuide, que son buenos muchachos. Llevo meses pidiéndole insistentemente que ya me haga abuelo.
También fue la clave aquella tarde que transmitíamos el programa desde un bar y yo andaba como un pre indigente, gestionando con el abogado la custodia de mi ruinoso corazón en juicio férreo con un amor de ayer que insistía en mantener la patria potestad. Ese día conocí a una muchacha que se dedicaba a modelo pero que siendo prácticamente niños me conversaba de Cortázar y de Silvio, de Tagore y Oppenheimer.
La recuerdo por las conversaciones de mesa bohemia y por el sabor fructuoso de cada centímetro de su cuerpo; la recuerdo por aquel fantasma de la relación sin vínculos afectivos, sostenida apenas por el hilo de la risa que sale del cerebro y ese tacto vicioso que se acostumbraba mutuamente.
Pero aunque traté de explicarlo lo mejor posible, nunca me termino de entender que las manecillas de mi reloj estaban caminado para atrás, y tenía que regresar a mi anterior domicilio para atender el tema de mi mudanza, ahora tengo mi apartamento de soltero.
Y loco fue el tiempo en que conocí a aquella otra muchacha dos meses antes de casarse, y una serie de elementos se confabularon para ponernos las cosas complicadas, terminando nuevamente en la escena del avión, con Paul Hendrid pidiéndole un scotch en las rocks a la aeromoza mientras un servidor jugaba al Bogie y se ahorraba un problemón desajustando su cronometro y perdiendo a la chica por el bien de los tres.
O esta niña maravillosamente chispeante que conocí hace poco, de esas que llenan cada cuarto con su buena onda, linda como día feriado y con todo un compendio de maravillas poco ubicables, ya no en una sola muchacha sino en un solo eón. El punto es que quisieras compartir mucho tiempo de tu vida con ella, quisieras pedirle la hora para sincronizar relojes con precisión británica, pero el mundo no funciona de esta forma, así que tendrás que tomarte el tiempo para entender su historia, compartir la tuya y empezar a hacer tic tac juntos o marcar tarjeta en el reloj de salida.
O de aquella que conoces 15 años tarde, o la otra que llego muy pronto a tu vida, o la que pasó muy rápido, o la que convences que no es tan tarde, o la que le decís que se está haciendo tarde para irse, o el pleito por esperarla una hora, o cuando llegaste dos horas y 5 birras tarde, o las 8 miserables horas de Palmares, o los 3 minutos una vez cada dos semanas a los que nadie quiere llegar, o los aniversarios, o la música de los 90, o la misa de 5, o tu pasado, o nuestro futuro; todo absolutamente todo nace y muere en la muñeca izquierda.
jueves, 3 de diciembre de 2009
pueblo fantasma
Cuando comencé a trabajar desarrollando proyectos de comunicación para las comunidades indígenas, decidí que si iba a laborar con ellos debía de conocerlos, y como las salas de juntas son para burócratas, Mauricio –uno de los asesores con experiencia en la materia- y yo decidimos tomar el carro y empezar a visitarlos en las salas de sus casas, en las plazas y demás núcleos en donde las personas dejan caer sus títulos.
El primer sitio que visitamos fue Buenos Aires, de ahí nos mantuvimos en movimiento por la zona y en algún momento nos alcanzó la noche en un punto equidistante entre Ciudad Neilly y Playa Zancudo. Entramos en el debate sobre si pasar la noche entre viajantes fronterizos o bien darnos el gusto de amanecer con brisa marina en un sitio claramente más amigable para el turista.
Mauricio me contó que el año anterior había visitado la zona con sus hijos y recolectaba un buen cúmulo de agradables recuerdos, incluso se había hecho muy amigo de una pareja que administraba unas cabinas frente a la playa -una mexicana y un uruguayo- de conversación muy agradable en donde podríamos encontrar posada, comida y cerveza.
Llegamos de noche en un por un camino polvoriento y adivinando más que recordando ingresamos a lo que habían sido esas cabinas, ahora en estado pompeyico. Todo estaba apagado, el zacate había crecido lo suficiente para estar prevenidos por el ataque de un hipopótamo, el restaurante estaba cerrado y por un trillo logramos acceder a la que recordaba era la casa de sus amigos.
Tocamos la puerta y pasado un rato salio la mexicana con actitud de película de suspenso, asomando el ojo por una mínima apertura de la puerta para saludar afable pero silenciosamente a mi compañero de viaje. Nos invito a pasar y nos ofreció un vaso metálico con agua. Su casa era ruinosa, llena de checheres mal colocados y reparaciones hechizas que a medias impedían el ingreso de unos zancudos que más bien parecían colibríes.
Hablando suave para no despertar a la niña empezó a dejar ir entre prácticos extraños la historia triste de su vida, como había conocido a su marido en una vida licenciosa viajando por toda América desarrollando su artesanía y viviendo al día hasta que en algún punto, antes de llegar a esta esquina de Costa Rica con Panamá, habían dejado olvidada la regla y se encontraban con un polizón no esperado.
Un extranjero les dio la confianza de administrar esas 10 cabinas, el restaurante y la barra, Connie (la mexicana que en realidad se llamaba Consuelo) se convirtió en madre mientras el uruguayo solo llego a adicto y vendedor. Consecuentemente el bar se les había llenado de escoria y tipos con ganas de ajustar cuentas hasta que él tuvo que decidirse por llamar a sus padres que le lanzaron un solo boleto de para que se rehabilitara con agüita del Río de la Plata.
La despedida tenía un tono hipócrita de pasajero, él le decía que iba a ponerse bien para poder volver a luchar por sus dos mujeres, atrás dejó un par de zapatos que eran el juguete preferido de la niña y a una mujer desesperada tratando de sostener unas cabinas abandonadas y a una familia imaginaria. Todas las tardes le hablaba de papá pero hasta la niña de dos años sabía que era técnicamente huérfana.
Después del rato de catarsis nos alistó dos cuartos, utilizando un criterio muy amplio, y la dejamos para que regresara a atender a su hija. Muertos del hambre y la desalcoholización salimos en busca de algunos de los bares y salones que Mauricio recordaba con muy buen ambiente. No había nada, las discotecas, bares y restaurantes estaban cerrados como si el Apocalipsis hubiera pasado hace un par de meses por ahí.
En el borde de la desesperación escuchamos el ruido de lo que podría ser una cantina clandestina, efectivamente lo era. Tras la barra un español que no parecía prestarnos mucha importancia, fuera de ella un grupo de amigos ya borracho y una parejita bailando.
Manolo (como se presentó luego) se disculpó por la inatención inicial, nos puso un pañíto sobre la barra y encima de eso dos vasos que luego llenamos con una milagrosa cerveza tras otra. Lo más cercano a comida que logramos conseguir fue una pieza de salchichón que cortaba sobre el pañito polifuncional y nos la comimos con un paquete de galletas soda.
Inicialmente teníamos el miedo natural de ser forasteros en el lugar indebido, pero las personas resultaron ser muy agradables. Un rubio cuarentón de pelo largo que se llamaba Randy salía al día siguiente a traer un barco desde un cayo gringo hacía Centroamérica. La tarea era demandante peligrosa y abusivamente apurada y mal pagada, transportaba algún tipo de mercancía ilegal y a un capitán ilegal, sin licencia para el puesto ni visa de trabajo pero con la pericia que le había dejado el pasar más de la mitad de su vida en alta mar.
A pesar que la paga no era justa, era muchísimo para Randy que acababa de traer al mundo a su primogénita y no había hecho moverse su bote turístico ya en meses. El era consciente que este trabajo muy probablemente lo llevaría a la cárcel o a dormir eternamente entre los fondos marinos pero las opciones no eran muchas.
Esto lo habían confirmado todos los demás asistentes, pues la playa era pueblo fantasma porque las vías de acceso se inundaban cada temporada alta dejando al pueblo en el aislamiento, sin que los turistas pudieran entrar o los buses salir. De esta forma fueron cerrando todos los negocios lícitos y había aprendido a sobrevivir entre la miseria y la desesperanza.
Solo Manolo quedaba acá pues el había llegado desde el otro lado del mundo a su lugar favorito en la tierra, sus padres habían muerto y sus amigos lo daban a él por muerto, así que no conocía a nadie fuera de Zancudo y ya estaba viejo para hacer nuevos amigos.
Las risas fueron lentamente convirtiéndose en lagrimas por el amigo que se iba en el mejor de los casos por meses y en el razonable por siempre, Randy admitió que detestaba abandonar Zancudo justamente en este que era el momento más feliz de su vida, que repudiaba llegar meses mas tarde a ver a una hija que no lo iba a reconocer, esperando no encontrar otro sombrero colgado detrás de la puerta.
De la cerveza al conrtrabando y en medio de una intensisima borrachera Randy decide volver a casa, pero no quiere ir solo para que su mujer no lo regañe, convence a todos que ahi tiene una botellita que quiere tomarse con los amigos antes de partir con un tono de miedo que solo puede producir quien no se quiere perder.
Como ya la noche había sido una locura y los locales nos habían hecho sentir todo lo bienvenidos posible, nos fuimos caminando hasta la casa de Randy en donde salio su mujer enojada pero tuvo que cambiar el semblante ante la presenciad de invitados que trabajaban para el gobierno, se unió por ese ultimo trago de quien sabe que putas. El marinero le dijo cuanto la amaba y la iba a extrañar sin molestarse por el ojo crítico de sus compadres, luego le pidió que trajeran a la niña para que la conocieran sus nuevos amigos.
La pinta de lobo de mar, duro, con la piel curtida por 40 años de brisa marina y sol tendido se le desfiguro cuando colocó a su sirenita en sus brazos y le pedía por favor que nunca olvidara quien es su papá.
Todo indicaba que era tiempo de irnos y así hicimos, llegamos a las polvorosas habitaciones de Connie, al día siguiente despertamos, nos despedimos y salimos en busca de comida de verdad. El regreso fue un poco silente, duele mucho que te saquen la realidad de los números, arde en puta ver como el desarollo trae Porshes a Lindora y viudas a Zancudo.
Todo el pueblo fantasma esperaba que la recuperación económica trajera turistas a esa inmensa y hermosísima playa, que el gobierno les pusiera puentes y una calle transitable o que de alguna puta manera los factores que no podían controlar no los obligaran a alejarse de su pueblo y su amores.
El primer sitio que visitamos fue Buenos Aires, de ahí nos mantuvimos en movimiento por la zona y en algún momento nos alcanzó la noche en un punto equidistante entre Ciudad Neilly y Playa Zancudo. Entramos en el debate sobre si pasar la noche entre viajantes fronterizos o bien darnos el gusto de amanecer con brisa marina en un sitio claramente más amigable para el turista.
Mauricio me contó que el año anterior había visitado la zona con sus hijos y recolectaba un buen cúmulo de agradables recuerdos, incluso se había hecho muy amigo de una pareja que administraba unas cabinas frente a la playa -una mexicana y un uruguayo- de conversación muy agradable en donde podríamos encontrar posada, comida y cerveza.
Llegamos de noche en un por un camino polvoriento y adivinando más que recordando ingresamos a lo que habían sido esas cabinas, ahora en estado pompeyico. Todo estaba apagado, el zacate había crecido lo suficiente para estar prevenidos por el ataque de un hipopótamo, el restaurante estaba cerrado y por un trillo logramos acceder a la que recordaba era la casa de sus amigos.
Tocamos la puerta y pasado un rato salio la mexicana con actitud de película de suspenso, asomando el ojo por una mínima apertura de la puerta para saludar afable pero silenciosamente a mi compañero de viaje. Nos invito a pasar y nos ofreció un vaso metálico con agua. Su casa era ruinosa, llena de checheres mal colocados y reparaciones hechizas que a medias impedían el ingreso de unos zancudos que más bien parecían colibríes.
Hablando suave para no despertar a la niña empezó a dejar ir entre prácticos extraños la historia triste de su vida, como había conocido a su marido en una vida licenciosa viajando por toda América desarrollando su artesanía y viviendo al día hasta que en algún punto, antes de llegar a esta esquina de Costa Rica con Panamá, habían dejado olvidada la regla y se encontraban con un polizón no esperado.
Un extranjero les dio la confianza de administrar esas 10 cabinas, el restaurante y la barra, Connie (la mexicana que en realidad se llamaba Consuelo) se convirtió en madre mientras el uruguayo solo llego a adicto y vendedor. Consecuentemente el bar se les había llenado de escoria y tipos con ganas de ajustar cuentas hasta que él tuvo que decidirse por llamar a sus padres que le lanzaron un solo boleto de para que se rehabilitara con agüita del Río de la Plata.
La despedida tenía un tono hipócrita de pasajero, él le decía que iba a ponerse bien para poder volver a luchar por sus dos mujeres, atrás dejó un par de zapatos que eran el juguete preferido de la niña y a una mujer desesperada tratando de sostener unas cabinas abandonadas y a una familia imaginaria. Todas las tardes le hablaba de papá pero hasta la niña de dos años sabía que era técnicamente huérfana.
Después del rato de catarsis nos alistó dos cuartos, utilizando un criterio muy amplio, y la dejamos para que regresara a atender a su hija. Muertos del hambre y la desalcoholización salimos en busca de algunos de los bares y salones que Mauricio recordaba con muy buen ambiente. No había nada, las discotecas, bares y restaurantes estaban cerrados como si el Apocalipsis hubiera pasado hace un par de meses por ahí.
En el borde de la desesperación escuchamos el ruido de lo que podría ser una cantina clandestina, efectivamente lo era. Tras la barra un español que no parecía prestarnos mucha importancia, fuera de ella un grupo de amigos ya borracho y una parejita bailando.
Manolo (como se presentó luego) se disculpó por la inatención inicial, nos puso un pañíto sobre la barra y encima de eso dos vasos que luego llenamos con una milagrosa cerveza tras otra. Lo más cercano a comida que logramos conseguir fue una pieza de salchichón que cortaba sobre el pañito polifuncional y nos la comimos con un paquete de galletas soda.
Inicialmente teníamos el miedo natural de ser forasteros en el lugar indebido, pero las personas resultaron ser muy agradables. Un rubio cuarentón de pelo largo que se llamaba Randy salía al día siguiente a traer un barco desde un cayo gringo hacía Centroamérica. La tarea era demandante peligrosa y abusivamente apurada y mal pagada, transportaba algún tipo de mercancía ilegal y a un capitán ilegal, sin licencia para el puesto ni visa de trabajo pero con la pericia que le había dejado el pasar más de la mitad de su vida en alta mar.
A pesar que la paga no era justa, era muchísimo para Randy que acababa de traer al mundo a su primogénita y no había hecho moverse su bote turístico ya en meses. El era consciente que este trabajo muy probablemente lo llevaría a la cárcel o a dormir eternamente entre los fondos marinos pero las opciones no eran muchas.
Esto lo habían confirmado todos los demás asistentes, pues la playa era pueblo fantasma porque las vías de acceso se inundaban cada temporada alta dejando al pueblo en el aislamiento, sin que los turistas pudieran entrar o los buses salir. De esta forma fueron cerrando todos los negocios lícitos y había aprendido a sobrevivir entre la miseria y la desesperanza.
Solo Manolo quedaba acá pues el había llegado desde el otro lado del mundo a su lugar favorito en la tierra, sus padres habían muerto y sus amigos lo daban a él por muerto, así que no conocía a nadie fuera de Zancudo y ya estaba viejo para hacer nuevos amigos.
Las risas fueron lentamente convirtiéndose en lagrimas por el amigo que se iba en el mejor de los casos por meses y en el razonable por siempre, Randy admitió que detestaba abandonar Zancudo justamente en este que era el momento más feliz de su vida, que repudiaba llegar meses mas tarde a ver a una hija que no lo iba a reconocer, esperando no encontrar otro sombrero colgado detrás de la puerta.
De la cerveza al conrtrabando y en medio de una intensisima borrachera Randy decide volver a casa, pero no quiere ir solo para que su mujer no lo regañe, convence a todos que ahi tiene una botellita que quiere tomarse con los amigos antes de partir con un tono de miedo que solo puede producir quien no se quiere perder.
Como ya la noche había sido una locura y los locales nos habían hecho sentir todo lo bienvenidos posible, nos fuimos caminando hasta la casa de Randy en donde salio su mujer enojada pero tuvo que cambiar el semblante ante la presenciad de invitados que trabajaban para el gobierno, se unió por ese ultimo trago de quien sabe que putas. El marinero le dijo cuanto la amaba y la iba a extrañar sin molestarse por el ojo crítico de sus compadres, luego le pidió que trajeran a la niña para que la conocieran sus nuevos amigos.
La pinta de lobo de mar, duro, con la piel curtida por 40 años de brisa marina y sol tendido se le desfiguro cuando colocó a su sirenita en sus brazos y le pedía por favor que nunca olvidara quien es su papá.
Todo indicaba que era tiempo de irnos y así hicimos, llegamos a las polvorosas habitaciones de Connie, al día siguiente despertamos, nos despedimos y salimos en busca de comida de verdad. El regreso fue un poco silente, duele mucho que te saquen la realidad de los números, arde en puta ver como el desarollo trae Porshes a Lindora y viudas a Zancudo.
Todo el pueblo fantasma esperaba que la recuperación económica trajera turistas a esa inmensa y hermosísima playa, que el gobierno les pusiera puentes y una calle transitable o que de alguna puta manera los factores que no podían controlar no los obligaran a alejarse de su pueblo y su amores.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)