jueves, 29 de abril de 2010

algo contigo

Como buenos homovidens de la generación prezapping (claro que no se podía sin control remoto), nos comíamos entre refrito y refrito todos los comerciales; por eso es que aún somos tan palurdos que hasta sentimos nostalgia con los comerciales de Gallito y Pipasa que interpretaba Abracadabra, o la canción de las buenas noches del Comilón de Harricks. Eso es lo curioso de la memoria, hay ciertas cosas que te transportan a rincones de tu vida, fue en ese entonces que me enamoré de esa otra canción.


Todo comenzaba con un loco, con cara de atormentado, que se volteaba donde una mujer con casi una teta de a por fuera –con lo que costaba ver una teta en aquel tiempo- y le exponía una lista de temas que no le parecían relevantes para finalizar lanzándola por un puerta trampa bajo su cama por no saber volar. Y era una coluchuda como un caniche, algo fea pero extrañamente atractiva, que cruzaba un burdel misterioso (suponía que así se veían los burdeles) mientras María Martha Serra Lima cantaba acompañada de Los Panchos aquella que decía “no hace falta que te diga, que me muero por tener algo contigo”.

Este era un corto promocional para una película argentina de Eliseo Subiela, que iban a proyectar en la Sala Garbo, cuando le quedaba tanto Garbo que hasta dejaban fumar dentro de la sala. Esa particular edición que no decía nada sobre la trama, la convirtió en una de las cosas más intrigantes y sensuales que en mi vida llegué a conocer.

Como no tenía 18 años conseguí en VHS esta película que se llamaba “El Lado Oscuro del Corazón” y así fue como esa coraza que me había creado con el Chavo del 8 y Don Francisco, reforzada por la lectura forzada de novelas sin contexto, fue derrumbada de un solo zarpazo y lo que de ahí sigue saliendo me llena los ojos de tanta luz que aún cuando los cierro puedo verla.
Un Dario Grandinetti que todavía tenía pelo, cruzaba el portal en medio de un vagina de utilería, se pasaba en vicios con malvivientes, volando culo con putas y leyendo versitos cortos de unos fulanos de apellido Gelman, Girondo y Benedetti.
Con la muerte al asecho pero sin la pinta de EMO, esta alma atormentada le decía a sus compañeras de lecho:

“¡pero eso sí! y en esto soy irreductible no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. ¡Si no saben volar pierden el tiempo las que pretendan seducirme!”

Y era una cosa que te superaba, que te pasaba de lejos y te mataba de envidia, y querías ser esa alma atormentada que con un par de esas rimas criminales podía reducir a una mujer etérea y después haría el amor volando.

Casi que gravitacionalmente me llegó un señor uruguayo que le pedía a las mujeres que no se salven, aquel cuya táctica era mirarlas y escucharlas para que un día sin mayor razón le necesiten. Y de esa misma forma nos fuimos desarrollando algunos cuantos como un grupo de neo intelectuales que a través de la poesía fuimos conociendo el mundo.

Se anunció ante nosotros la literatura como un ser superior, el Evangelio de Cortazar no tardo en llegar, nos perdimos en aquel Bestiario cuando creíamos que eran historias curiosas antes de conocer al maestro como uno de los mejores semiólogos del mundo, yo todavía juego Rayuela de vez en cuando. En el Túnel de Sábato me sentía en casa, ya no me sentía solo, estaba iluminado por pequeñas ventanas.

Ya pasadas mis mocedades entiendo que realmente no era mucho lo que comprendía, leer a Borges a los 18 es como querer llegar a la luna en un trampolín, me faltaba contexto histórico, biografía, experiencia tridimensional. Para mi todos los trenes llegaban a aquel mismo burdel de Subiela, con la iluminación pobre, oliendo a cigarrillo y melancolía.

Cuando se bajaba Maria Martha del escenario, se sentaba al piano Charly, con Fito, Sabina tocaba la guitarra y un muchacho apellido Calamaro practicaba los acordes de “Algo contigo”. En la mesa de al fondo Almodóvar se carcajeaba con sus chicas, con Carmen Maura, Verónica Forqué, Alaska, Bibi Andersen, Rossy de Palma.

En las paredes se derretía el tiempo mientras persistía la memoría, las mujeres hacía música con sus espaldas de la mano de Man Ray, un hombre se desparramaba cayendo por las gradas mientras lo miraban las Señoritas Avignon. Hoy no pudo venir el Conde de Orgaz porque estaba siendo enterrado.

Sobre el salón flotaba la mesa que compartía Penélope, Paz, Maribel y una Victoria Abril mientras era examinada por un submarinista. Martha gritaba Olé Olé mientras Ana le ponía otra moneda a la rocola y Bellucci solo fumaba.

Fumando todo lo que prendiera fuego y tomando con arte fuimos ampliando la mente a manifestaciones complejas: Camus, Bretón, Sartre, el Marqués de Sade… de la filosofía a la historia hasta toparse con la ópera, luego la bohemia y la blasfemia, y de regreso a la poesía.

Hace un par de días escuché nuevamente “Algo contigo” en una situación especial, y me sentí como el niño que se sentaba frente al televisor, esta vez observándome a mi mismo sin entenderme pero absorto, desnudándome en aquel agónico burdel hasta arrancarme el corazón y mandárselo a la mujer que vuela al otro lado del salón. Y la imagen me pareció atormentada, misteriosa y sensual. Gran parte de mi vida inició el día que escuche por primera vez esa canción, es a mi mismo que me escucho cada vez que me deconstruyo en esos acordes, es mi salvación, son mis espantapájaros, es mi rostros de vos.