1. La casa de subastas británica Christies subastó por $37 500 una fotografía captada por Lee Friedlander en donde aparece explícitamente desnuda la cantante Madonna. Aunque no trascendió la identidad del comprador, podríamos asegurar que es una persona evidentemente no relacionada con el Google Image Search.
2. El sacerdote católico Alberto Cutié, famoso por sus apariciones en televisión, radio y medios escritos, fue recientemente relevado de sus funciones por el arzobispo de Miami, Jonh Favarola tras la salida al aire de fotografías en donde aparece en actitudes afectuosas (meter la mano entre las piernas es sin duda una actitud afectuosa) con una mujer en las playas de Miami. Esto se diferencia de la tradicional actitud eclesiástica en donde sacerdotes pederastas que se han implicados en escándalos sexuales les fue privadamente llamada la atención o trasladados, incluso son famosos los casos en que la iglesia a pagado sumas millonarias para evitar fenomenos mediáticos que hieran la el buen nombre de los implicados. Moraleja, la iglesia acepta los escándalos sexuales pero es absolutamente intolerante ante el heterosexualismo.
3. He considerado convertirme al rastafarismo por ser la única religión que propone enviar a los negros de regreso a África (racismo únicamente con fines humorísticos).
4. La modelo Jennifer Barrantes se unió a la, todavía breve, lista de videos porno que aparecen en la red. La grabación es evidentemente realizada por quien (al menos en ese momento fue) su pareja, muchos han cuestionado la decisión de las muchachas de grabarse en escenas en principio intimas, la moraleja de la historia es: Dejen de estar criticando estupideces si quieren seguir viendo ricas travesearse.
5. Todos tenemos que creer en algo, yo personalmente creo en la ciencia, el poder del dinero y el cumplimiento forzado de las leyes, esa es mi santísima trinidad.
6. Así de pronto, me provoca ponerte un cenicero en el ombligo y pasarme tres días comiendo concha… y fumando.
7. No me gustó el ciudadano Kane, no entiendo a Pink Floyd, no se usar el twitter ni facebook, no me parece sexy Angelina Jolie, odio a Bono y Britney me gustaba más cuando gordita y hecha mierda, ya está, lo dije.
8. La estupidez debería ser hemorrágica.
9. Mi tipo favorito de house es el merengue house.
10. La humanidad debe estar siempre al borde de un Armagedón para darle sentido a su existencia, cuando abandonamos la crisis de misiles de la Guerra Fría nos estacionamos en el agujero de la Capa de Ozono, posterior a eso las Profecías de Nostradamus, el Y2K, el hombre del turbante blanco, el Ántrax, el Ébola, el 2012 de los mayas y hoy el muy de moda Calentamiento Global. Aparentemente el tener una amenaza mayor sobre nuestras cabezas hace que desestimemos nuestros problemas de convivencia, nuestras metas por cumplir, la insatisfacción personal y todas las cosas que si deberíamos estar atendiendo.
El mundo no se va a acabar, usted si, desde el día que nacemos estamos muriendo. Quiéralo o no lo más probable es que nunca llegaremos a ver el cataclismo de Al Gore, asi pase en 30 años. La prudencia recomienda que le preste más atención a ese que ve al espejo todos los días que al oso polar que se ahoga en la Antártida, créame que el no se preocupa por usted.
viernes, 8 de mayo de 2009
miércoles, 6 de mayo de 2009
lo pandémico no quita lo apocalíptico
Aunque no suene creíble, yo forme parte de la Comisión Panamericana para el combate contra la Pandemia de Influenza.
Para los que no me conocen debo aclarar, con un importante componente de vergüenza, que soy periodista y actualmente trabajo para un organismo del estado, en mi condición me convocaron a reunirme un 25 de noviembre a las 8 de la mañana en un salón de un hotel capitalino. De nuevo, para los que no me conocen, mi cumpleaños es el 24 de noviembre.
El día anterior nos reunimos un bonito grupo de amigos y nos metimos una de esas borracheras que dejan cicatrices en el hígado, una fiesta agresiva hasta las 4 de la mañana por casi todos los bares abiertos, a la mañana siguiente mi sistema nervioso central estaba colapsado.
Llegue casi una hora tarde y me senté lo más lejos posible de mis bien dormidos colegas, me serví un vaso de agua helada del metálico pichel que me habían colocado al frente, prácticamente podía sentir un corazón alterno latiendo en cada sien mientras me presentaba ante el grupo.
La consultoría la pagaba la Organización Panamericana de la Salud y la impartía una conocida y desparecida figura de la televisión que trataba de integrar con sus chistes a un grupo de funcionarios que a diferencia mía agradecían el día fuera de la oficina y el Cordon Bleu de pollo.
Me serví el segundo vaso, parecía que el agua evitaba mi lengua como yo el matrimonio, sentía la boca como si me hubiera tomado una candela, me serví el tercer vaso de agua. Comenzaron hablando de los alcances de esta pandemia de gripe aviar (en realidad en cualquier caso es humana), al principio parecía una gripe normal pero yo sabia que en algún punto eso tenía que tomar proporciones apocalípticas.
Con mis ojos avinagrados divisaba afuera de las puertas de vidrio un delicioso bar frente a la piscina, originalmente en preparativos pero según fue avanzando la mañana lleno de ejecutivos con disponibilidad de tiempo con sus bloody mary y sus gin tonics viendo la Eurocopa.
En un momento el paisaje se puso caótico, empezamos a contar los posibles muertos por miles, las ciudades colapsaban, los niños con sus últimas fuerzas se espantaban las moscas de sus agobiadas caritas, se cerraban los aeropuertos, la gente veía sus rostros perderse detrás de mascaras protectoras que poco hacían para detener la mortal pandemia (que es más que epidemia según aprendí).
Afuera se detiene un penal, se escucha el sonido de las copas chocar, las risas estridentes, la caída de los cubos de hielo indica que es tiempo de otro g&t. Adentro, se detienen el transito aéreo, se escucha el sonido de los automóviles chocando para alejarse desesperadamente de la zona, los alaridos alarmantes, la caída de la bolsa indica que si sobrevivimos enfrentaremos la crisis económica.
Se realiza un inventario detallado de los medios a nuestro alcance. Yo puedo aportar un hígado goteante, ojos conservados en balsámico, manos descarapeladas y amarillas, una mañana sin esperanzas de terminar y un resumen de las incidencias del juego de afuera.
Nos advierten de la posibilidad, bueno, ya no de la posibilidad sino de la seguridad que vengan a tocar nuestras puertas en horas de la madrugada y nos lleven en un traje de esos como los que usaba Aldrin y Amstrong, nos trasladaran a un comando central desde donde no tenderíamos mayor contacto con nuestras familias hasta que lográramos derrotar a Godzilla.
Los síntomas de la temida enfermedad nos fueron finalmente revelados, la influenza produce estornudos con sensación de resfriado, fiebre alta de hasta 39 °C, cansancio intenso con dolores musculares y articulares. El malestar general suele provocar el encamamiento del paciente durante dos o tres días, con dolores musculares generalizados, fluido nasal e irritación ocular. Ósea, gripe.
En ese momento sentía que los ojos se me ponían verdes, si estos hijueputas entendieran por lo que yo estaba pasando no me harían esto, mi calor corporal debía estar rebasando el millón de grados centígrados, había dormido 20 minutos y estaba más cansado que Forrest Gump, de haber tenido músculos estoy seguro que me dolerían, que putas saben ustedes de irritación ocular y fluidos nasales!!!!!
Levanté la mano y pregunté: “¿Perdón, seguimos hablando de gripe?”. Las señoras indignadas se rasgaban las vestiduras, obviamente yo no entendía la gravedad de esa inminente urgencia, el moderador me explicaba que en España murieron como un millón de personas a principio de siglo por esto, que las poblaciones más vulnerables son los niños y los ancianos, que los hospitales colapsarían, que en los circos crecerían los enanos y las mujeres se volverían irremediablemente frígidas, o mil cosas más para asustarme.
Admito que nunca he sido un hambre de ciencia: bloquee el discovery channel porque me estorbaba entre el 11 y el de las novelas mexicanas, siempre he creído que los inventores más brillantes están trabajando en la industria de los cepillos de dientes porque crean un aparato maravillosamente innovador cada corte comercial y conozco a Einstein por su peinado a Newton por la manzana y a Hawking por los Simpson.
Sin embargo esto no me calzaba en mi paradigma, continúe diciendo que entendía perfectamente que ellos tenían que justificar sus presupuestos anuales pero que la próxima vez que quisieran inventar un fenómeno de este tipo, 4 jinetes voladores son siempre llamativos. Les rogué que la próxima reunión se olvidaran de invitarme o les iba a toser y después los iba a abrazar, cruce la puerta de vidrio y me pedí un gin & tonic.
No fue difícil demostrarle a mis jefes que mi rabieta fue justificada, con solo ver la carpeta llena de dibujos infantiles y advirtiendo medidas de seguridad que de todas formas debían de aplicarse ¿O fue necesario un contagio masivo para aprender a lavarnos las manos? Me dieron luz verde para renunciar a la comisión bajo la acusación de fatalistas escandalosos.
Como se podrán imaginar fue extraño ver los cientos de enfermos en México, las personas con máscaras, los países negándole la entrada a los aztecas, Obama llamando a conferencia de prensa urgente y el decreto de pandemia. Ya se lo que nunca me volverá a pasar, nunca volveré a ser parte de la minoría racional.
Me di cuenta que se siente muy bien decir “te lo dije” después de ser tachado como el loco apocalíptico, por eso la historia recuerda a Moisés y Jesus; y se olvidara de todos nosotros los que creemos que las personas no regresan de la muerte y no estaríamos dispuestos a vagar 40 años en el desierto ni por encontrar la tierra de las vaginas y la miel.
Al fin y al cabo, el alarmismo y la estupidez también llegan a ser pandémicos.
Para los que no me conocen debo aclarar, con un importante componente de vergüenza, que soy periodista y actualmente trabajo para un organismo del estado, en mi condición me convocaron a reunirme un 25 de noviembre a las 8 de la mañana en un salón de un hotel capitalino. De nuevo, para los que no me conocen, mi cumpleaños es el 24 de noviembre.
El día anterior nos reunimos un bonito grupo de amigos y nos metimos una de esas borracheras que dejan cicatrices en el hígado, una fiesta agresiva hasta las 4 de la mañana por casi todos los bares abiertos, a la mañana siguiente mi sistema nervioso central estaba colapsado.
Llegue casi una hora tarde y me senté lo más lejos posible de mis bien dormidos colegas, me serví un vaso de agua helada del metálico pichel que me habían colocado al frente, prácticamente podía sentir un corazón alterno latiendo en cada sien mientras me presentaba ante el grupo.
La consultoría la pagaba la Organización Panamericana de la Salud y la impartía una conocida y desparecida figura de la televisión que trataba de integrar con sus chistes a un grupo de funcionarios que a diferencia mía agradecían el día fuera de la oficina y el Cordon Bleu de pollo.
Me serví el segundo vaso, parecía que el agua evitaba mi lengua como yo el matrimonio, sentía la boca como si me hubiera tomado una candela, me serví el tercer vaso de agua. Comenzaron hablando de los alcances de esta pandemia de gripe aviar (en realidad en cualquier caso es humana), al principio parecía una gripe normal pero yo sabia que en algún punto eso tenía que tomar proporciones apocalípticas.
Con mis ojos avinagrados divisaba afuera de las puertas de vidrio un delicioso bar frente a la piscina, originalmente en preparativos pero según fue avanzando la mañana lleno de ejecutivos con disponibilidad de tiempo con sus bloody mary y sus gin tonics viendo la Eurocopa.
En un momento el paisaje se puso caótico, empezamos a contar los posibles muertos por miles, las ciudades colapsaban, los niños con sus últimas fuerzas se espantaban las moscas de sus agobiadas caritas, se cerraban los aeropuertos, la gente veía sus rostros perderse detrás de mascaras protectoras que poco hacían para detener la mortal pandemia (que es más que epidemia según aprendí).
Afuera se detiene un penal, se escucha el sonido de las copas chocar, las risas estridentes, la caída de los cubos de hielo indica que es tiempo de otro g&t. Adentro, se detienen el transito aéreo, se escucha el sonido de los automóviles chocando para alejarse desesperadamente de la zona, los alaridos alarmantes, la caída de la bolsa indica que si sobrevivimos enfrentaremos la crisis económica.
Se realiza un inventario detallado de los medios a nuestro alcance. Yo puedo aportar un hígado goteante, ojos conservados en balsámico, manos descarapeladas y amarillas, una mañana sin esperanzas de terminar y un resumen de las incidencias del juego de afuera.
Nos advierten de la posibilidad, bueno, ya no de la posibilidad sino de la seguridad que vengan a tocar nuestras puertas en horas de la madrugada y nos lleven en un traje de esos como los que usaba Aldrin y Amstrong, nos trasladaran a un comando central desde donde no tenderíamos mayor contacto con nuestras familias hasta que lográramos derrotar a Godzilla.
Los síntomas de la temida enfermedad nos fueron finalmente revelados, la influenza produce estornudos con sensación de resfriado, fiebre alta de hasta 39 °C, cansancio intenso con dolores musculares y articulares. El malestar general suele provocar el encamamiento del paciente durante dos o tres días, con dolores musculares generalizados, fluido nasal e irritación ocular. Ósea, gripe.
En ese momento sentía que los ojos se me ponían verdes, si estos hijueputas entendieran por lo que yo estaba pasando no me harían esto, mi calor corporal debía estar rebasando el millón de grados centígrados, había dormido 20 minutos y estaba más cansado que Forrest Gump, de haber tenido músculos estoy seguro que me dolerían, que putas saben ustedes de irritación ocular y fluidos nasales!!!!!
Levanté la mano y pregunté: “¿Perdón, seguimos hablando de gripe?”. Las señoras indignadas se rasgaban las vestiduras, obviamente yo no entendía la gravedad de esa inminente urgencia, el moderador me explicaba que en España murieron como un millón de personas a principio de siglo por esto, que las poblaciones más vulnerables son los niños y los ancianos, que los hospitales colapsarían, que en los circos crecerían los enanos y las mujeres se volverían irremediablemente frígidas, o mil cosas más para asustarme.
Admito que nunca he sido un hambre de ciencia: bloquee el discovery channel porque me estorbaba entre el 11 y el de las novelas mexicanas, siempre he creído que los inventores más brillantes están trabajando en la industria de los cepillos de dientes porque crean un aparato maravillosamente innovador cada corte comercial y conozco a Einstein por su peinado a Newton por la manzana y a Hawking por los Simpson.
Sin embargo esto no me calzaba en mi paradigma, continúe diciendo que entendía perfectamente que ellos tenían que justificar sus presupuestos anuales pero que la próxima vez que quisieran inventar un fenómeno de este tipo, 4 jinetes voladores son siempre llamativos. Les rogué que la próxima reunión se olvidaran de invitarme o les iba a toser y después los iba a abrazar, cruce la puerta de vidrio y me pedí un gin & tonic.
No fue difícil demostrarle a mis jefes que mi rabieta fue justificada, con solo ver la carpeta llena de dibujos infantiles y advirtiendo medidas de seguridad que de todas formas debían de aplicarse ¿O fue necesario un contagio masivo para aprender a lavarnos las manos? Me dieron luz verde para renunciar a la comisión bajo la acusación de fatalistas escandalosos.
Como se podrán imaginar fue extraño ver los cientos de enfermos en México, las personas con máscaras, los países negándole la entrada a los aztecas, Obama llamando a conferencia de prensa urgente y el decreto de pandemia. Ya se lo que nunca me volverá a pasar, nunca volveré a ser parte de la minoría racional.
Me di cuenta que se siente muy bien decir “te lo dije” después de ser tachado como el loco apocalíptico, por eso la historia recuerda a Moisés y Jesus; y se olvidara de todos nosotros los que creemos que las personas no regresan de la muerte y no estaríamos dispuestos a vagar 40 años en el desierto ni por encontrar la tierra de las vaginas y la miel.
Al fin y al cabo, el alarmismo y la estupidez también llegan a ser pandémicos.
lunes, 13 de abril de 2009
nunca tuvimos parís
Quede de esperarla frente a las escaleras eléctricas de Louvre, justo bajo ese entramado de pirámides de cristal en donde , según Dan Brown y nadie más que Dan Brown, descansan los restos de María Magdalena.
Tenía ya varios años de no verla, por los menos 4 o 5, cuando éramos compañeros universitarios nos juntábamos frecuentemente a tomar whisky barato y hablar pelotudeces, pero desde que vino a vivir a Paris tan siquiera nos conversamos una vez.
Cuando supe que iba a tener una visita de un par de días por su ciudad mientras hacia un trabajo sobre el Palacio de Versalles, le escribí un correo electrónico que ella me contesto anexando su celular, la llame entonces desde Chamonix y la invite a por un traguete cuando pusiera pie en la ciudad luz.
Ella estaba haciendo un documental sobre la crisis de medio oriente para un canal francés, acomodamos su agenda con la mía y decidimos encontrarnos frente al referido museo. Cuando la vi venir fue una de esas raras ocasiones en que la realidad supera tus expectativas.
Su nariz respigada amputaba al corazón de Dios, tenía una mirada indiferente, como la de quien sabe que es linda y eso es poco importante contra sus otros destellos, tenía un cuello interminable de esos que podrías empezar a besar sobre los hombros y terminar ya cuando viejo… hermosa, brutalmente hermosa.
Cuando me vio sonrió, compartimos un par de “Que has sido de vos?” y caminamos, nos instalamos en un café de Rimoli a tomarnos una cerveza, saque de mi bolsillo una caja de cigarros de los que traía de Costa Rica (nunca viajo sin suficientes de mis cigarros, es lo único que somatiza mi mal de patria), ella había dejado de fumar hace algunos meses pero no se pudo resistir al sabor del tabaco de ayer, el tabaco de la que fue su patria.
Tuvimos una charla un poco de inventario, posiblemente no tan bien lograda, ella se despidió y se marcho hacia la clase que tenía en la noche, le di el numero de mi hotel y quedamos en que trataríamos de vernos una vez más.
Cuando llegue a mi hotel al siguiente día encontré un mensaje, respondí la llamada y acordamos ir a cenar a su lugar favorito, nos encontramos en el sitio, un pequeño local en el barrio latino con paredes de ladrillo y música a lo Edith Piaff donde se cenaba comida francesa tradicional a la luz de las velas, como podrán notar, el universo se confabulaba contra mi salud mental.
Con el salto de las palabras nos íbamos enredando en anécdotas, carcajadas y confidencias, ese día las cosas se daban fáciles, éramos los mismos que solíamos ser en la terraza de su casa, con un crawfords en vaso plástico y vino en tetra brick, éramos casi los mismos pero algo había cambiado, algo se sentía diferente, algo se sentía tibiecito.
Salimos del restaurante y ella se despidió a regañamodo porque vivía lejos de esa zona, y el metro no era un lugar seguro a altas horas de la noche, fue entonces que mi tontería de macho de pueblo salió a flote, sin conocer el idioma, sin haberme montado nunca al metro, con taxis impagables y un sentido de la orientación más débil que mi sentido común le dije: No te preocupés, yo te llevo a tu casa.
Un poco aliviada con esto fuimos a tomarnos unos tragos, la noche era fría y el pastisse le ayudaba a la circulación, el trago se me hace espantoso, igual que el ouzo (de hecho no podría diferenciar uno de otro) pero la noche seguía su mismo efecto, pasaba de cristalina a turbia, a blanquecina y consistente.
Después de unas copas me preguntó por nuestros amigos de Costa Rica, yo saque mi tarjeta prepagada de llamadas y desde su teléfono contactamos con uno de ellos, después de la evidente sorpresa tome el teléfono y le dije a mi amigo: “Acá estoy perdido, intentando convencer a esta mujer que se case conmigo, que yo vengo a cantar canciones frente a Los Inválidos, que manejo el carrito de la basura pero no se quiere casar conmigo”, ella me arrebata al teléfono y le die en un tono de película de Belmondo: “¿Quién dice que no me quiero casar con él?”.
El problema es que ella si se iba a casar, pero con su novio de años, un medio francés con quien había tomado la decisión de dar el salto desde la Latinoamérica que los había adoptado por la Francia que los vio nacer, era un niño con pedigree con quien convivía en ese barrio malo al cual yo me aprestaba a irla a dejar. Justamente por esos días se encontraba fuera del país visitando a sus padres y yo me encontraba en el país visitando a su novia.
Ella se me hacia más maravillosa cada vez, era linda, inteligente, simpática, cosmopolita, artista y muy mujer. Ya empezaba a entender la diferencia de esa noche. Ella siempre había sido maravillosa, bellísima y encantadora, y a pesar que siempre me tuvo presente y el cariño que me dedicaba, nunca había existido en ella una respuesta a nivel de atracción, por eso nunca me había vuelto loco por ella, eran simples señales no correspondidas que se perdían en el vacio y terminaban por convertirse en ruido que se muere cuando nadie escucha, como las cartas del niño o las oraciones en general.
Hoy era diferente, me veía retratado hermoso en sus ojos inmensos, cada sonrisa tenía un tono cómplice, un calorcito que venia de adentro, buscábamos excusar para chocar, para retar al destino a decírmelo en la calle, creo que la distancia nos había hecho nacer peligrosamente y eso se sentía rico, eso se sentía tibiecito.
Tomamos el último metro a Saint Dennis, el vagón parecía de película, entre turcos y africanos, Ella se hizo un moño y se puso una bufanda y unos anteojos grandes, como de señor, para no llamar la atención, se veía aún más bella. Yo me colocaba tras de ella y chocaba con su hombro tímidamente, aprendíamos a tocarnos como en clave Morse: dos golpes suaves significan “que guapas estás”, dos golpes suaves y un pulso constante significan “lo que vos y yo haríamos en la cama no tiene perdón de Dios”.
Como mascotas perdidas caminamos las calles, nos reíamos de las señales de alto, conversábamos con los indigentes, mediamos la luna con el pulgar, llegamos a la puerta de su casa y yo subí a llamar un taxi para regresar a mi Novotel, cruzamos la puerta y nos servimos un par de tragos mientras se nos olvidaba hacer esa llamada, coloque un disco de los años primeros de el flaco Sinatra y deambule hacia ella.
Para ese momento todo era muy turbulento, mis labios se amotinaban como tropas hambrientas contra el resto de mi cuerpo, mi mirada se coloco firmemente en el objetivo como buscando una excusa, un bastión que nos sacara seguros de tierra agreste, ella se soltó el pelo y mis hombres se rindieron.
Avance lento pero seguro hacia su boca, finalmente hicimos contacto pero algo paso, nos besamos por no más de 3 segundos y ella dejo caer la mirada, sobre su hombro pude observar las imágenes de la casa que compartía con el, habían mil paseos, veranos en inviernos, detalles mutuos. Esa era la trampa del cazador y había caído, me había dejado llevar a su madriguera, me arranque la pata a mordiscos y me aleje, “No esperaba otra cosa de vos” le dije mientras buscaba la tarjeta del hotel y me encendía un Derby Suave para el camino.
Llegue a mi habitación y me bebí el insomnio, al día siguiente la llame desde la frontera con un tono muy estándar, le agradecí la amabilidad en la visita y nos deseamos la mejor de las suertes mientras tapizábamos los silencios incómodos.
Con el paso de los años nos hemos visto unas cuantas veces más en escenarios alternos, un día nos tomamos unas copas extra y la conversa nos llevo a un punto raro:
-“¿Qué no hiciste en Paris aquella tarde que nos vimos?”
Ella sabia que mis días eran contados y que tuve que sacrificar alguna cosa de mi agenda para encontrarnos en aquella insípida primera salida. Me escondí entre sus intentos sin querer confesar mi costo de oportunidad, ya acorralado tuve que confesar.
-“Louvre, nunca llegue a entrar a Louvre”
Ella sabía que fue ahí donde nos encontramos, que estuve a no más de 10 metros del mayor santuario artístico del planeta pero simplemente no cruce esa línea. Sus ojos le volvieron a brillar bonito y el ambiente se puso nuevamente tibiecito mientras le temblaban los labios exigiendo inmediata atención. Tal vez lo veía como un gran sacrifico pero yo no, para mi fue algo natural, para aclarar sus dudas le explique mis porqués con una sola frase.
“Entendeme mujer, yo fui a Grecia a ver el Partenón, fui a Roma a ver la Capilla Sixtina, pero yo vine a Paris a verte a vos”.
Fin de la primera parte…
Tenía ya varios años de no verla, por los menos 4 o 5, cuando éramos compañeros universitarios nos juntábamos frecuentemente a tomar whisky barato y hablar pelotudeces, pero desde que vino a vivir a Paris tan siquiera nos conversamos una vez.
Cuando supe que iba a tener una visita de un par de días por su ciudad mientras hacia un trabajo sobre el Palacio de Versalles, le escribí un correo electrónico que ella me contesto anexando su celular, la llame entonces desde Chamonix y la invite a por un traguete cuando pusiera pie en la ciudad luz.
Ella estaba haciendo un documental sobre la crisis de medio oriente para un canal francés, acomodamos su agenda con la mía y decidimos encontrarnos frente al referido museo. Cuando la vi venir fue una de esas raras ocasiones en que la realidad supera tus expectativas.
Su nariz respigada amputaba al corazón de Dios, tenía una mirada indiferente, como la de quien sabe que es linda y eso es poco importante contra sus otros destellos, tenía un cuello interminable de esos que podrías empezar a besar sobre los hombros y terminar ya cuando viejo… hermosa, brutalmente hermosa.
Cuando me vio sonrió, compartimos un par de “Que has sido de vos?” y caminamos, nos instalamos en un café de Rimoli a tomarnos una cerveza, saque de mi bolsillo una caja de cigarros de los que traía de Costa Rica (nunca viajo sin suficientes de mis cigarros, es lo único que somatiza mi mal de patria), ella había dejado de fumar hace algunos meses pero no se pudo resistir al sabor del tabaco de ayer, el tabaco de la que fue su patria.
Tuvimos una charla un poco de inventario, posiblemente no tan bien lograda, ella se despidió y se marcho hacia la clase que tenía en la noche, le di el numero de mi hotel y quedamos en que trataríamos de vernos una vez más.
Cuando llegue a mi hotel al siguiente día encontré un mensaje, respondí la llamada y acordamos ir a cenar a su lugar favorito, nos encontramos en el sitio, un pequeño local en el barrio latino con paredes de ladrillo y música a lo Edith Piaff donde se cenaba comida francesa tradicional a la luz de las velas, como podrán notar, el universo se confabulaba contra mi salud mental.
Con el salto de las palabras nos íbamos enredando en anécdotas, carcajadas y confidencias, ese día las cosas se daban fáciles, éramos los mismos que solíamos ser en la terraza de su casa, con un crawfords en vaso plástico y vino en tetra brick, éramos casi los mismos pero algo había cambiado, algo se sentía diferente, algo se sentía tibiecito.
Salimos del restaurante y ella se despidió a regañamodo porque vivía lejos de esa zona, y el metro no era un lugar seguro a altas horas de la noche, fue entonces que mi tontería de macho de pueblo salió a flote, sin conocer el idioma, sin haberme montado nunca al metro, con taxis impagables y un sentido de la orientación más débil que mi sentido común le dije: No te preocupés, yo te llevo a tu casa.
Un poco aliviada con esto fuimos a tomarnos unos tragos, la noche era fría y el pastisse le ayudaba a la circulación, el trago se me hace espantoso, igual que el ouzo (de hecho no podría diferenciar uno de otro) pero la noche seguía su mismo efecto, pasaba de cristalina a turbia, a blanquecina y consistente.
Después de unas copas me preguntó por nuestros amigos de Costa Rica, yo saque mi tarjeta prepagada de llamadas y desde su teléfono contactamos con uno de ellos, después de la evidente sorpresa tome el teléfono y le dije a mi amigo: “Acá estoy perdido, intentando convencer a esta mujer que se case conmigo, que yo vengo a cantar canciones frente a Los Inválidos, que manejo el carrito de la basura pero no se quiere casar conmigo”, ella me arrebata al teléfono y le die en un tono de película de Belmondo: “¿Quién dice que no me quiero casar con él?”.
El problema es que ella si se iba a casar, pero con su novio de años, un medio francés con quien había tomado la decisión de dar el salto desde la Latinoamérica que los había adoptado por la Francia que los vio nacer, era un niño con pedigree con quien convivía en ese barrio malo al cual yo me aprestaba a irla a dejar. Justamente por esos días se encontraba fuera del país visitando a sus padres y yo me encontraba en el país visitando a su novia.
Ella se me hacia más maravillosa cada vez, era linda, inteligente, simpática, cosmopolita, artista y muy mujer. Ya empezaba a entender la diferencia de esa noche. Ella siempre había sido maravillosa, bellísima y encantadora, y a pesar que siempre me tuvo presente y el cariño que me dedicaba, nunca había existido en ella una respuesta a nivel de atracción, por eso nunca me había vuelto loco por ella, eran simples señales no correspondidas que se perdían en el vacio y terminaban por convertirse en ruido que se muere cuando nadie escucha, como las cartas del niño o las oraciones en general.
Hoy era diferente, me veía retratado hermoso en sus ojos inmensos, cada sonrisa tenía un tono cómplice, un calorcito que venia de adentro, buscábamos excusar para chocar, para retar al destino a decírmelo en la calle, creo que la distancia nos había hecho nacer peligrosamente y eso se sentía rico, eso se sentía tibiecito.
Tomamos el último metro a Saint Dennis, el vagón parecía de película, entre turcos y africanos, Ella se hizo un moño y se puso una bufanda y unos anteojos grandes, como de señor, para no llamar la atención, se veía aún más bella. Yo me colocaba tras de ella y chocaba con su hombro tímidamente, aprendíamos a tocarnos como en clave Morse: dos golpes suaves significan “que guapas estás”, dos golpes suaves y un pulso constante significan “lo que vos y yo haríamos en la cama no tiene perdón de Dios”.
Como mascotas perdidas caminamos las calles, nos reíamos de las señales de alto, conversábamos con los indigentes, mediamos la luna con el pulgar, llegamos a la puerta de su casa y yo subí a llamar un taxi para regresar a mi Novotel, cruzamos la puerta y nos servimos un par de tragos mientras se nos olvidaba hacer esa llamada, coloque un disco de los años primeros de el flaco Sinatra y deambule hacia ella.
Para ese momento todo era muy turbulento, mis labios se amotinaban como tropas hambrientas contra el resto de mi cuerpo, mi mirada se coloco firmemente en el objetivo como buscando una excusa, un bastión que nos sacara seguros de tierra agreste, ella se soltó el pelo y mis hombres se rindieron.
Avance lento pero seguro hacia su boca, finalmente hicimos contacto pero algo paso, nos besamos por no más de 3 segundos y ella dejo caer la mirada, sobre su hombro pude observar las imágenes de la casa que compartía con el, habían mil paseos, veranos en inviernos, detalles mutuos. Esa era la trampa del cazador y había caído, me había dejado llevar a su madriguera, me arranque la pata a mordiscos y me aleje, “No esperaba otra cosa de vos” le dije mientras buscaba la tarjeta del hotel y me encendía un Derby Suave para el camino.
Llegue a mi habitación y me bebí el insomnio, al día siguiente la llame desde la frontera con un tono muy estándar, le agradecí la amabilidad en la visita y nos deseamos la mejor de las suertes mientras tapizábamos los silencios incómodos.
Con el paso de los años nos hemos visto unas cuantas veces más en escenarios alternos, un día nos tomamos unas copas extra y la conversa nos llevo a un punto raro:
-“¿Qué no hiciste en Paris aquella tarde que nos vimos?”
Ella sabia que mis días eran contados y que tuve que sacrificar alguna cosa de mi agenda para encontrarnos en aquella insípida primera salida. Me escondí entre sus intentos sin querer confesar mi costo de oportunidad, ya acorralado tuve que confesar.
-“Louvre, nunca llegue a entrar a Louvre”
Ella sabía que fue ahí donde nos encontramos, que estuve a no más de 10 metros del mayor santuario artístico del planeta pero simplemente no cruce esa línea. Sus ojos le volvieron a brillar bonito y el ambiente se puso nuevamente tibiecito mientras le temblaban los labios exigiendo inmediata atención. Tal vez lo veía como un gran sacrifico pero yo no, para mi fue algo natural, para aclarar sus dudas le explique mis porqués con una sola frase.
“Entendeme mujer, yo fui a Grecia a ver el Partenón, fui a Roma a ver la Capilla Sixtina, pero yo vine a Paris a verte a vos”.
Fin de la primera parte…
martes, 31 de marzo de 2009
5 de la Calaca
Quien sepa que fue la Calaca se lleva 20 millones de puntos reiki
1. Adrián: ¿Estarías de acuerdo con que Chávela Vargas venga a morir a Costa Rica?
Azopfeiffer: Claro, de hecho deberían habilitar un número 900 para decidir como quisiéramos que muriera.
Mi personal favorita sería la opción A, cáncer de Próstata.
2. Bienvenido a la Calaca, el único programa cuya Sala de Redacción es mayoritariamente heterosexual, muérase de la envidia el canal del trencito.
3. A todos los choferes, remeseros, buceros, taxistas y demás trabajadores del volante que se acerquen al balcón de la radio, les estaremos regalando porno, y no esas revistas “de buen gusto y fotografía artística”, el porno que está diseñado únicamente para irse a matar a pajas.
4. …Me le puede enviar un saludo a mi primita que esta cumpliendo años en Puntarenas…
–Claro, un saludo imaginario a la primita de esta ignorante que piensa que Radio Victoria se escucha a más de cuatro cuadras de la estación.
5. Caen la torres gemelas, el mundo esta al borde de una gran guerra y Costa Rica no se aísla de esto, surge en nuestras mentes una solución conciliadora: (más de un año antes que lo hiciera Televisa y Telefe)
Aprovechando el boom que había generado el Big Brother mexicano, una mente maestra con poderes casi infinitos albergó a líderes mundiales (también a Abel Pacheco y a Oscar Arias) para que los oyentes de Radio Victoria (curiosa selección mediática) escogieran por medio de sus llamadas y votos electrónicos al próximo regente de la humanidad.
A la casa ingresa George W Bush, Saddam Hussein, Osama Bin Ladem, Tony Blair, Oscar Arias, Abel Pacheco, Jose Maria Aznar y demás habitantes de la casa. Resúmenes diarios y entrevista en confesionario iban narrando la bizarra pero carcajeante convivencia entre los señores, quienes irían abandonando la casa semanalmente (el que menos votos acumulaba iba jalando) hasta conseguir un gran ganador que sería premiado con el mundo.
Un Saddam como el malo de las fabulas, Oscar Arias con un ego que no cabía en la casa, un Osama que nunca se dejo ver ni escuchar, un George que era el matón del colegio (con problemas de retraso mental, obviamente) y entre todos un personaje que se robo el corazón de nuestra limitadísima audiencia.
Tony era un buen muchacho, con sentimientos puros y transparentes que se había enamorado perdidamente de George y de la piednas de Adrian, tenía problemas de seseo que no lo limitaban para escibidle poemads a Geordgie y a cantadle canciones como Cadless Wisped.
Para el visionario Gran Armado que nos enseño a que siempre es mejor hacer el humor y no la guerra.
1. Adrián: ¿Estarías de acuerdo con que Chávela Vargas venga a morir a Costa Rica?
Azopfeiffer: Claro, de hecho deberían habilitar un número 900 para decidir como quisiéramos que muriera.
Mi personal favorita sería la opción A, cáncer de Próstata.
2. Bienvenido a la Calaca, el único programa cuya Sala de Redacción es mayoritariamente heterosexual, muérase de la envidia el canal del trencito.
3. A todos los choferes, remeseros, buceros, taxistas y demás trabajadores del volante que se acerquen al balcón de la radio, les estaremos regalando porno, y no esas revistas “de buen gusto y fotografía artística”, el porno que está diseñado únicamente para irse a matar a pajas.
4. …Me le puede enviar un saludo a mi primita que esta cumpliendo años en Puntarenas…
–Claro, un saludo imaginario a la primita de esta ignorante que piensa que Radio Victoria se escucha a más de cuatro cuadras de la estación.
5. Caen la torres gemelas, el mundo esta al borde de una gran guerra y Costa Rica no se aísla de esto, surge en nuestras mentes una solución conciliadora: (más de un año antes que lo hiciera Televisa y Telefe)
Aprovechando el boom que había generado el Big Brother mexicano, una mente maestra con poderes casi infinitos albergó a líderes mundiales (también a Abel Pacheco y a Oscar Arias) para que los oyentes de Radio Victoria (curiosa selección mediática) escogieran por medio de sus llamadas y votos electrónicos al próximo regente de la humanidad.
A la casa ingresa George W Bush, Saddam Hussein, Osama Bin Ladem, Tony Blair, Oscar Arias, Abel Pacheco, Jose Maria Aznar y demás habitantes de la casa. Resúmenes diarios y entrevista en confesionario iban narrando la bizarra pero carcajeante convivencia entre los señores, quienes irían abandonando la casa semanalmente (el que menos votos acumulaba iba jalando) hasta conseguir un gran ganador que sería premiado con el mundo.
Un Saddam como el malo de las fabulas, Oscar Arias con un ego que no cabía en la casa, un Osama que nunca se dejo ver ni escuchar, un George que era el matón del colegio (con problemas de retraso mental, obviamente) y entre todos un personaje que se robo el corazón de nuestra limitadísima audiencia.
Tony era un buen muchacho, con sentimientos puros y transparentes que se había enamorado perdidamente de George y de la piednas de Adrian, tenía problemas de seseo que no lo limitaban para escibidle poemads a Geordgie y a cantadle canciones como Cadless Wisped.
Para el visionario Gran Armado que nos enseño a que siempre es mejor hacer el humor y no la guerra.
lunes, 16 de marzo de 2009
la piramide de lazo
Leí en el periódico un anuncio en donde se solicitaban periodistas, publicista, relacionistas públicos, sicólogos, sociólogos, expertos en marketing, administradores, y cualquier tipo de desempleado. Ofrecían crecimiento inmediato, grandes estímulos económicos, agradable ambiente laboral, horarios flexibles, viajes, capacitaciones, etc, etc, etc. Y después de 6 meses dos etc. más.
A cualquier persona con sentido común se le habría ocurrido que eso no podía ser cierto, pero cuando usted es un joven licenciado en periodismo y desempleado, el sentido común le queda guindando.
Me apersone a la entrevista con una corbata prestada, una camisa grande, pantalones gastados y zapatos informales (el uniforme de la primera entrevista), cuando aparecí, ya la fila era de unos 50, algunos similares a mi, otros mayores, todos con cara de desesperación.
Después de recoger nuestros currículos (el mío podría haber venido en una servilleta) y posiblemente tirarlos de inmediato, empezaron el proceso de inducción, el líder de este grupito era un mexicano parecido al ratón Crispín, el empezó a conversarnos sobre la importancia del ingles mientras yo pensaba: “Que mal, este trabajo requiere negociaciones en ingles y mi idioma esta algo herrumbrado”
No mucho más tarde me di cuenta que el negocio era vender esos cursos de ingles, el salón se había vaciado casi por completo y solo quedábamos la carne de cañón, los que caímos en el canto de las sirenas, los que pensamos que verdaderamente en 6 meses íbamos a estar comprando el Mercedes. No me fije al momento que el señor estaba manejando un corolla del 88 con un vidrio reparado con bolsa plástica.
Una vez que acepte el puesto, o me gané el puesto, nos dividieron en grupos. Había tigres, leones, osos y nuestro grupo, los delfines, este era un intento más para destruir mi autoestima, los delfines son más gays que el porno gay. Mi jefa era una negra mal encarada que me recordaba una maestra negra que había tenido en segundo grado de escuela.
Con el paso del tiempo todos comenzaron a vender excepto yo, evidentemente. Ellos te daban un papel en donde te escribían tus palabras para no tener que pensar:
Usted sabía que el idioma ingles es vital para desempeñarse en el mundo actual…
Que la mayor parte del mundo se comunica en ese idioma…
Que es una importante herramienta para aspirar a los mejores trabajos (como el mio)…
Que el 100% de los capítulos de Seinfeld fueron grabados en ese idioma, que es la lengua de Madonna, que cool se dice en ingles, que sirve para entender las etiquetas de Kool Aid, bla bla bla…
El rollo era contactar a alguien por teléfono, pedirle una cita, sino por lo menos 5 contactos, cuando llegaras a la cita atraparlo hasta que aceptara firmar el dineral que costaba la carajada.
Claramente lo de los contactos se prestaba para bromas entre amigos, el producto era verdaderamente difícil de vender, era caro, era irreal, intangible y muy choteado. Estas empresas piramidales han basado su sistema en contratar a imberbes que le vendan sus primeros contratos a su círculo familiar y después renuncien al no poder hacer lo mismo con extraños.
Pero para conseguir eso necesitan un poco de motivación adicional, ahí es donde entra el Señor Lazo….
El Señor Lazo es una especie de gurú de los negocios, a veces se decía que de Perú, a veces de México, a veces de Xanadú. El visitaba el país ocasionalmente, dejando una lluvia de leche y miel tras sus pies, juntaba un grupo de destacados vendedores y se los llevaba a una charla motivacional a el Hotel Fiesta, con su respectiva borrachera y culeadera entre los empleados.
Anunciaban la llegada del señor Lazo con un par de mese de anticipación, los empleados viejos cuentan como lo conocieron en Panamá, o como el les regalo una pluma de oro (que nunca vi), nos leían mensajes de fax, fotos de sus oficinas en Miami, y otras señales mesiánicas.
Solo teníamos que vender 5 paquetes, eso era todo, 5 paquetes y escalaríamos a la cima del sabio de la montaña que abriría nuestras mentes a oportunidades protohumanas de enriquecimiento lícito
Nos reuníamos dos veces al día, hacíamos dinámicas de juegos, baile ¿Mencioné que le habíamos compuesto canciones a el Señor Lazo? (Procura visitarnos más, y no reparo de lo que venderé)
Pasados dos semanas sin vender, mi autoestima estaba explorando nuevos niveles de subterranismo, yo me veía al espejo y me detestaba, me reclamaba:
-Éramos alguien, teníamos sueños ¿Por qué nos estas haciendo esto?
No existe sensación más frustrante que la de estar sobrecalificado para un puesto y aún así, no poder desempeñarlo.
Pasados los días, mi odio se propagaba y empezaba a odiarlos a todos, con sus estúpidas sonrisas, con sus corbatas de animalitos, sus pantimedias con carriles. Me invitaban los fines de semana a ir a bailar a Castro s, llevaban sus trastes llenos de arroz, frijoles, pollo en salsa, macarrones, ensalada y lo revolvían todo hasta formar una pasta irreconocible, algo así como el aspecto de mi dignidad por esos días.
Yo no salía corriendo por loca persistencia, no quería renunciar hasta haber vendido un plan, y no quería embarcar a nadie conocido con una pelotudez de estas, así que todos los días me sentaba al teléfono, marcaba y leía:
¿Usted está consciente que el ingles….
Un día marco un numero de forma casi inerte, y pregunto, buenas ¿Este es el teléfono de… Emilio Bruce?
-Si señor
-¿Usted esta consciente de la importancia del ingles?
-Si señor, como presidente de la Cámara de Empresarios debería de estarlo
-¿Como esta su manejo del idioma ingles?
-Mire muchacho, yo estudie en EEUU, diariamente hablo en ese idioma, escribo en ese idioma, hasta pienso en ese idioma.
-Pero incluso para una persona que sabe hablar inglés es preciso actualizarse (leído, obviamente)
…
Ya no quisiera continuar con el tema que todavía me da vergüenza, todavía me siento tristemente estafado, el primero en la cadena de estafados y tratando de arrastrar a otros conmigo.
Mi familia me decía a diario que renunciara, que ya surgirían otras oportunidades, me atendían desde un rendija de la puerta, me hacían ir 5 veces a finiquitar un contrato de alguien que siempre supo que no lo iba a tomar, me gritaban, me jodian, se me reían en la cara… Esto realmente no es una critica contra ese trabajo, es realmente un sentido homenaje, los vendedores en pirámide son héroes anónimos, dispuestos a hacer el ridículo para que usted no lo tenga que hacer, luchando todos los días contra los malos modos de la vida, salvándose del suicidio cada vez que venden un miserable plan que les da 10 mil pesos.
El último día regrese tarde de almorzar a una carismática congregación laboral que me esperaba con una especie de intervención, explicándome como hacia falta un poco más de esfuerzo para sacar las cosas adelante, ahí di mi brazo a torcer, despedace todos los contratos que llevaba paseando una semana, me arranque mi gafete de delfín, borre mi nombre de la lista de lo “podemos hacer más”, camine hacia la puerta y libere mi mes y medio de frustración con un grito del alma, con una absolución de la pena, con los ojos en fuego y las mangas arrolladas les dije:
“¡EL SEÑOR LAZO NO EXISTE!!!!!”
A cualquier persona con sentido común se le habría ocurrido que eso no podía ser cierto, pero cuando usted es un joven licenciado en periodismo y desempleado, el sentido común le queda guindando.
Me apersone a la entrevista con una corbata prestada, una camisa grande, pantalones gastados y zapatos informales (el uniforme de la primera entrevista), cuando aparecí, ya la fila era de unos 50, algunos similares a mi, otros mayores, todos con cara de desesperación.
Después de recoger nuestros currículos (el mío podría haber venido en una servilleta) y posiblemente tirarlos de inmediato, empezaron el proceso de inducción, el líder de este grupito era un mexicano parecido al ratón Crispín, el empezó a conversarnos sobre la importancia del ingles mientras yo pensaba: “Que mal, este trabajo requiere negociaciones en ingles y mi idioma esta algo herrumbrado”
No mucho más tarde me di cuenta que el negocio era vender esos cursos de ingles, el salón se había vaciado casi por completo y solo quedábamos la carne de cañón, los que caímos en el canto de las sirenas, los que pensamos que verdaderamente en 6 meses íbamos a estar comprando el Mercedes. No me fije al momento que el señor estaba manejando un corolla del 88 con un vidrio reparado con bolsa plástica.
Una vez que acepte el puesto, o me gané el puesto, nos dividieron en grupos. Había tigres, leones, osos y nuestro grupo, los delfines, este era un intento más para destruir mi autoestima, los delfines son más gays que el porno gay. Mi jefa era una negra mal encarada que me recordaba una maestra negra que había tenido en segundo grado de escuela.
Con el paso del tiempo todos comenzaron a vender excepto yo, evidentemente. Ellos te daban un papel en donde te escribían tus palabras para no tener que pensar:
Usted sabía que el idioma ingles es vital para desempeñarse en el mundo actual…
Que la mayor parte del mundo se comunica en ese idioma…
Que es una importante herramienta para aspirar a los mejores trabajos (como el mio)…
Que el 100% de los capítulos de Seinfeld fueron grabados en ese idioma, que es la lengua de Madonna, que cool se dice en ingles, que sirve para entender las etiquetas de Kool Aid, bla bla bla…
El rollo era contactar a alguien por teléfono, pedirle una cita, sino por lo menos 5 contactos, cuando llegaras a la cita atraparlo hasta que aceptara firmar el dineral que costaba la carajada.
Claramente lo de los contactos se prestaba para bromas entre amigos, el producto era verdaderamente difícil de vender, era caro, era irreal, intangible y muy choteado. Estas empresas piramidales han basado su sistema en contratar a imberbes que le vendan sus primeros contratos a su círculo familiar y después renuncien al no poder hacer lo mismo con extraños.
Pero para conseguir eso necesitan un poco de motivación adicional, ahí es donde entra el Señor Lazo….
El Señor Lazo es una especie de gurú de los negocios, a veces se decía que de Perú, a veces de México, a veces de Xanadú. El visitaba el país ocasionalmente, dejando una lluvia de leche y miel tras sus pies, juntaba un grupo de destacados vendedores y se los llevaba a una charla motivacional a el Hotel Fiesta, con su respectiva borrachera y culeadera entre los empleados.
Anunciaban la llegada del señor Lazo con un par de mese de anticipación, los empleados viejos cuentan como lo conocieron en Panamá, o como el les regalo una pluma de oro (que nunca vi), nos leían mensajes de fax, fotos de sus oficinas en Miami, y otras señales mesiánicas.
Solo teníamos que vender 5 paquetes, eso era todo, 5 paquetes y escalaríamos a la cima del sabio de la montaña que abriría nuestras mentes a oportunidades protohumanas de enriquecimiento lícito
Nos reuníamos dos veces al día, hacíamos dinámicas de juegos, baile ¿Mencioné que le habíamos compuesto canciones a el Señor Lazo? (Procura visitarnos más, y no reparo de lo que venderé)
Pasados dos semanas sin vender, mi autoestima estaba explorando nuevos niveles de subterranismo, yo me veía al espejo y me detestaba, me reclamaba:
-Éramos alguien, teníamos sueños ¿Por qué nos estas haciendo esto?
No existe sensación más frustrante que la de estar sobrecalificado para un puesto y aún así, no poder desempeñarlo.
Pasados los días, mi odio se propagaba y empezaba a odiarlos a todos, con sus estúpidas sonrisas, con sus corbatas de animalitos, sus pantimedias con carriles. Me invitaban los fines de semana a ir a bailar a Castro s, llevaban sus trastes llenos de arroz, frijoles, pollo en salsa, macarrones, ensalada y lo revolvían todo hasta formar una pasta irreconocible, algo así como el aspecto de mi dignidad por esos días.
Yo no salía corriendo por loca persistencia, no quería renunciar hasta haber vendido un plan, y no quería embarcar a nadie conocido con una pelotudez de estas, así que todos los días me sentaba al teléfono, marcaba y leía:
¿Usted está consciente que el ingles….
Un día marco un numero de forma casi inerte, y pregunto, buenas ¿Este es el teléfono de… Emilio Bruce?
-Si señor
-¿Usted esta consciente de la importancia del ingles?
-Si señor, como presidente de la Cámara de Empresarios debería de estarlo
-¿Como esta su manejo del idioma ingles?
-Mire muchacho, yo estudie en EEUU, diariamente hablo en ese idioma, escribo en ese idioma, hasta pienso en ese idioma.
-Pero incluso para una persona que sabe hablar inglés es preciso actualizarse (leído, obviamente)
…
Ya no quisiera continuar con el tema que todavía me da vergüenza, todavía me siento tristemente estafado, el primero en la cadena de estafados y tratando de arrastrar a otros conmigo.
Mi familia me decía a diario que renunciara, que ya surgirían otras oportunidades, me atendían desde un rendija de la puerta, me hacían ir 5 veces a finiquitar un contrato de alguien que siempre supo que no lo iba a tomar, me gritaban, me jodian, se me reían en la cara… Esto realmente no es una critica contra ese trabajo, es realmente un sentido homenaje, los vendedores en pirámide son héroes anónimos, dispuestos a hacer el ridículo para que usted no lo tenga que hacer, luchando todos los días contra los malos modos de la vida, salvándose del suicidio cada vez que venden un miserable plan que les da 10 mil pesos.
El último día regrese tarde de almorzar a una carismática congregación laboral que me esperaba con una especie de intervención, explicándome como hacia falta un poco más de esfuerzo para sacar las cosas adelante, ahí di mi brazo a torcer, despedace todos los contratos que llevaba paseando una semana, me arranque mi gafete de delfín, borre mi nombre de la lista de lo “podemos hacer más”, camine hacia la puerta y libere mi mes y medio de frustración con un grito del alma, con una absolución de la pena, con los ojos en fuego y las mangas arrolladas les dije:
“¡EL SEÑOR LAZO NO EXISTE!!!!!”
viernes, 20 de febrero de 2009
ahora te vas en primavera...
Hace algunos años asistía religiosamente todos los martes a un lugar que se llamaba Café Expresivo, los martes se presentaba Omar, un cantante que había trabajado por muchos años en Miami, cantando con músicos cubanos y había adquirido un sazón especial para tocar la salsa mayor, el bolero, el son y el guaguancó.
Cantábamos y bailábamos en un ambiente muy fraterno, todos formábamos parte del show, te sacaban a bailar de mesa a mesa, hacíamos chistes y le entrabamos a la percusión improvisando con botellas de coca cola rellenas de frijoles o cualquier tiliche que diera ritmo.
Con el paso del tiempo todos nos conocíamos pero seguía siendo un misterio el borrachín que se sentaba en la mesa contigua al escenario a pedir canciones.
Siempre pedía una que Omar no conocía, una de Vitín Avilez que se llamaba ¿Por qué ahora?, posiblemente nunca le puso atención porque eso lo decía entre sollozos etílicos y además la pinta no le ayudaba. Siempre llevaba el pelo colocho y desordenado, una barba de tres semanas (santas), ropas viejas que protestaban por si mismas contra la industria de la moda, unos zapatos que caminaban con dificultad sus últimos pasos y olor al guaro de la semana pasada. Su expresión era confusa, su mirada cansada de circular buscando ojos amables entre las usuales miradas de rechazo.
Un día nos quedamos tomando ron y cantando canciones de madrugada, emborrachándonos de amor como Héctor Lavoe y aprendiendo la lección de la Falsaria. El borrachín se acercó a la mesa y le pidió su canción, como nadie sabía la canción pidió la guitarra, la sostuvo a como pudo y a todos nos recordó que si la habíamos escuchado y que ya no la íbamos a volver a olvidar.
El borrachín se llamaba Mauricio, era un periodista colombiano que había llegado a Costa Rica perseguido, acá se encontró solo y encontró compadres en el cañal, fue dejándose rendir a ratos y ahora no le quedaba mucho más que unas buenas historias que contar y la versión más apasionada de esta canción que escuche en mi vida
El lugar era de una italiana maloliente, drogadicta y adinerada, a ella le llevaba sus asuntos legales una señora francesa muy elegante que se llamaba Claire, ellas se reunían los martes temprano, se tomaban un te de infusión de hiervas y asunto resuelto. Un día a Claire se le hizo tarde y terminaron de conversar con las canciones de Omar de fondo.
Se acerco tímidamente a la parte del bar atraída por esa música inspiradora. Semana a semana fue llegando un poco más tarde y terminando más tarde, en algún punto se busco una mesa y se tomó su te de infusión de hiervas zapateando un cha cha cha.
Claire era una señora de unos 55 años, elegante y sobria a la hora de conversar, había enviudado hace muchos años y se había dedicado a sus hijas, como Costa Rica no fue su país de juventud no tenía amigas, nunca salía y se había dejado empaquetar en su rol de madre profesional.
Tenía décadas de no ir a un bar, de hecho esa debería ser la primera vez que estaba sentada sola en la mesa de un bar, se sentó como gata persa en los destartalados sillones de café y pidió una copa de vino tinto para colorearse la sangre.
Desde el otro lado del salón cruzó una figura zigzagueante, se posó frente a ella y le dijo con una perfecta entonación que superaba su etílico estado: “Le bella dama sería tan amable de complacerme con un solo baile, sálvele la vida a este pobre borracho”. La escena nos preocupó a todos, menos a Claire, ella se sintió fascinantemente irrespetada. Mau nos enseñó como se baila un buen bolero de a cachete pegao, flotaban sobre el salón mientras Omar le hacía el favor de cantarle “Señora bonita…”
Bailaron varias piezas más, hablaron el resto de la noche, ella recordó lo que era sonreír y el recordó el sabor del te. Con el paso del tiempo los venció el amor, Mau se peinó, arreglo la barba y encontró trabajo como músico, eventualmente le compraron el bar a la italiana y se sentaban todos los martes en la misma mesa a brindar con ron añejo porque el día los volvió a encontrar juntos.
Acá el único pecado era no pecar, era volver a morir cada uno en su esquina, de todas formas quien podía venir a enseñarles como se sentía eso de ser feliz ¿Desde que estrado? Si explicarles el amor a ellos era como grabar una película sobre el Amazonas en el Parque del Este.
Se proclamaron amor eterno ante el único altar que conocían, me siento incapaz para reproducir el dulce sentimiento que se brindaban con cada mirada, con cada sonrisa cómplice, con cada ¡Salud!. El nunca le prometió que todo estaría bien, ella nunca se lo pidió, ellos sabían que la vida cambia y esa vez cambio a favor de ellos… pero eso no siempre sería si.
Mau amaneció muerto un par de años después de conocer a Claire.
Omar cantaba cada martes en el mismo sitio, el lugar empezó a quedarse vació, el dolor era demasiado intenso para bailar tranquilo, solo quedaba al fondo ocupada la misma mesa al lado del escenario, desde donde con una voz tambaleante pedía siempre la misma canción de amor y abandono, lloraba mientras enjugaba sus canas en una cubita y con acento francés le cantaba a su amado.
Cantábamos y bailábamos en un ambiente muy fraterno, todos formábamos parte del show, te sacaban a bailar de mesa a mesa, hacíamos chistes y le entrabamos a la percusión improvisando con botellas de coca cola rellenas de frijoles o cualquier tiliche que diera ritmo.
Con el paso del tiempo todos nos conocíamos pero seguía siendo un misterio el borrachín que se sentaba en la mesa contigua al escenario a pedir canciones.
Siempre pedía una que Omar no conocía, una de Vitín Avilez que se llamaba ¿Por qué ahora?, posiblemente nunca le puso atención porque eso lo decía entre sollozos etílicos y además la pinta no le ayudaba. Siempre llevaba el pelo colocho y desordenado, una barba de tres semanas (santas), ropas viejas que protestaban por si mismas contra la industria de la moda, unos zapatos que caminaban con dificultad sus últimos pasos y olor al guaro de la semana pasada. Su expresión era confusa, su mirada cansada de circular buscando ojos amables entre las usuales miradas de rechazo.
Un día nos quedamos tomando ron y cantando canciones de madrugada, emborrachándonos de amor como Héctor Lavoe y aprendiendo la lección de la Falsaria. El borrachín se acercó a la mesa y le pidió su canción, como nadie sabía la canción pidió la guitarra, la sostuvo a como pudo y a todos nos recordó que si la habíamos escuchado y que ya no la íbamos a volver a olvidar.
Solo rodando por el mundo,
con un dolor profundo
y sin poder llorar.
Luego la escarcha de los años,
cubriendo con un baño
mi angustia y mi penar.
El borrachín se llamaba Mauricio, era un periodista colombiano que había llegado a Costa Rica perseguido, acá se encontró solo y encontró compadres en el cañal, fue dejándose rendir a ratos y ahora no le quedaba mucho más que unas buenas historias que contar y la versión más apasionada de esta canción que escuche en mi vida
Por que esperaste tanto tiempo para irte
por que dejaste que tu amor me corroyera
Pudiste hacerlo mas humano y despedirte mas temprano
y mi vida no muriera.
El lugar era de una italiana maloliente, drogadicta y adinerada, a ella le llevaba sus asuntos legales una señora francesa muy elegante que se llamaba Claire, ellas se reunían los martes temprano, se tomaban un te de infusión de hiervas y asunto resuelto. Un día a Claire se le hizo tarde y terminaron de conversar con las canciones de Omar de fondo.
Se acerco tímidamente a la parte del bar atraída por esa música inspiradora. Semana a semana fue llegando un poco más tarde y terminando más tarde, en algún punto se busco una mesa y se tomó su te de infusión de hiervas zapateando un cha cha cha.
Claire era una señora de unos 55 años, elegante y sobria a la hora de conversar, había enviudado hace muchos años y se había dedicado a sus hijas, como Costa Rica no fue su país de juventud no tenía amigas, nunca salía y se había dejado empaquetar en su rol de madre profesional.
Tenía décadas de no ir a un bar, de hecho esa debería ser la primera vez que estaba sentada sola en la mesa de un bar, se sentó como gata persa en los destartalados sillones de café y pidió una copa de vino tinto para colorearse la sangre.
Desde el otro lado del salón cruzó una figura zigzagueante, se posó frente a ella y le dijo con una perfecta entonación que superaba su etílico estado: “Le bella dama sería tan amable de complacerme con un solo baile, sálvele la vida a este pobre borracho”. La escena nos preocupó a todos, menos a Claire, ella se sintió fascinantemente irrespetada. Mau nos enseñó como se baila un buen bolero de a cachete pegao, flotaban sobre el salón mientras Omar le hacía el favor de cantarle “Señora bonita…”
Bailaron varias piezas más, hablaron el resto de la noche, ella recordó lo que era sonreír y el recordó el sabor del te. Con el paso del tiempo los venció el amor, Mau se peinó, arreglo la barba y encontró trabajo como músico, eventualmente le compraron el bar a la italiana y se sentaban todos los martes en la misma mesa a brindar con ron añejo porque el día los volvió a encontrar juntos.
Acá el único pecado era no pecar, era volver a morir cada uno en su esquina, de todas formas quien podía venir a enseñarles como se sentía eso de ser feliz ¿Desde que estrado? Si explicarles el amor a ellos era como grabar una película sobre el Amazonas en el Parque del Este.
Se proclamaron amor eterno ante el único altar que conocían, me siento incapaz para reproducir el dulce sentimiento que se brindaban con cada mirada, con cada sonrisa cómplice, con cada ¡Salud!. El nunca le prometió que todo estaría bien, ella nunca se lo pidió, ellos sabían que la vida cambia y esa vez cambio a favor de ellos… pero eso no siempre sería si.
Mau amaneció muerto un par de años después de conocer a Claire.
Por que jurabas que me amabas sin sentirlo
cuando enredabas mi cabello con cariño.
Pudiste haber parado a tiempo con decirme mira niño
es un juego y nada mas.
Omar cantaba cada martes en el mismo sitio, el lugar empezó a quedarse vació, el dolor era demasiado intenso para bailar tranquilo, solo quedaba al fondo ocupada la misma mesa al lado del escenario, desde donde con una voz tambaleante pedía siempre la misma canción de amor y abandono, lloraba mientras enjugaba sus canas en una cubita y con acento francés le cantaba a su amado.
Ahora te vas en primavera,
como si no supieras
que para mí es mortal.
Ahora ya es tarde y siento pena
mi alma está muy llena
de tí y de tu mal.
viernes, 13 de febrero de 2009
μιλοζ, colillas de cigarro y papel para fumar
Ioannina (Ιωάννινα) es la región de Grecia en donde se puede conseguir la mejor joyería de plata, tiene un bello pasaje más allá de las antiguas murallas de la ciudad, esta barrera de influencia otomana que recordaban los gloriosos años de Ali Pachá. La ciudad como hoy se conoce fue fundada en el siglo IV por Justiniano, paso por las manos de normandos, venecianos, albaneses, serbios, latinos y turcos, era especialmente reconocida por ser la cuna de los antepasados de Jennifer Aniston (Yannis Anastassakis), la Rachel de Friends y ex esposa de Brad Pitt quien irónicamente se convirtió en el Talón de Aquiles de la Ilíada Homérica.
Salimos del puerto de Elefsis de noche, con un frio de la gran puta, saque un café que parecía ser de la maquina de Nescafe, pero siendo absolutamente ciertos era de νεξκαΦε, el idioma no alteró en nada la lamentable calidad del café, me comí el último gyro de mi vida y le dije efgaristo a esa temporada helénica.
Había cruzado Grecia mientras realizaba mi tesis de Maestría en Humanidades, durante los días era estudiante, durante las noches gato negro, gitaneamos el territorio como quien cultiva naranjas¸ desde las altas cumbres olímpicas, pasando por las cantinas de pescadores en Hydra, por los resort de esquí en Metzobo, hasta los monasterios en las altas cumbres de las maravillosas Meteoras.
Abordamos un barco inmenso y muy viejo hacia Brindissi en Italia, deje mis cosas en el camarote que compartía con un tutor y un par de compañeros de estudio, después de tomarme un par de ouzos busque la superficie.
Siempre tuve una fijación con eso de estar recibiendo el viento en la borda mientras se ve alejar la costa que posiblemente no se volverá a pisar, mis compañeros se quedaron apaciblemente durmiendo mientras yo fui a soportar el viento frio del mar Jónico.
La cubierta estaba maravillosamente “casi sola”, encendí un cigarro y me acerque con el motivo de ser notado sin forzar un encuentro, Una pelirroja, alta y guapa con chaqueta roída y ojos de “arrepentida de mentiritas” se fumaba un porro en papel de arroz a unos 10 pasos de la mesa de formica blanca en que me había sentado.
Noto mi presencia y se me acercó, me dijo en inglés:
-Dicen que en Brindissi hay un lugar que se llama Sotto le Stelle que vende μιλοζ, por si te llega a hacer falta y no pensás volver.
-No creo que me vaya a hacer falta y me encantaría volver- dije con un forzado acento latino para el inglés, como de profesor de salsa en Cocobongo.
Me preguntó de donde venía, le dije Costa Rica, me preguntó que donde era eso (naturalmente), luego de mucho esfuerzo la situé en esa Latinoamérica imaginaria en donde todos bailamos tango, tomamos tequila y jugamos futbol como Maradona.
Ella se llamaba Lou y era neozelandesa, intentó a continuación explicarme donde quedaba eso, uso de referencia Australia, yo le dije que había visto el Señor de los Anillos y eso nos facilitó el camino a una conversación más interesante.
Me preguntó si era cierto que los latinos éramos amantes legendarios le dije que no sabía que no me había tocado amanecer con un hombre latino y que tampoco estaba tan interesado en averiguarlo, que si por su parte ella quería investigar al respecto, con todo gusto podría experimentar con este, uno de los peores ejemplares de mi especie
Con un esplendido sentido de la oportunidad apareció entonces Jaime, un compañero de la maestría, un hombre que era estricto producto de su Alajuelita, su Lencho Salazar y su Chinchibi, no sabía decir una palabra en ingles pero se sentía en necesidad de acompañar nuestra conversación utilizándome como su traductor.
Tuve que repasar el tema de Costa Rica - Nueva Zelanda, le dijo a través mío que éramos un país de paz, con mucha ecología y esas cosas que en este momento me dan un poco de vergüenza. El cabrón hablaba como si fuera Tonto, el amigo del llanero solitario, no conjugaba los verbos y gestualizaba cada palabra, lo malo es que me hablaba a mi que era quien servía de puente entre ingles y subnormal.
Ella empezó a decirme que los Neozelandeses eran pésimos polvos y que a las neozelandesas les gustaba mucho el “sex in the bump”, el pendejo me preguntaba que estaba diciendo ella.
-Que hicieron el Señor de los Anillos ahí, Jaime.
Seguía ella- Esos griegos creen que son geniales pero no les gusta comer concha
-¿Qué dijo?- Que ojala podamos conocer algún día Nueva Zelanda.
-Dígale que las muchachas de ahí son muy bonitas- sonreía Jaime.
-Dice que tiene que irse porque se acaba de venir en sus pantalones.
Lo tome del brazo y le explique que se tenía que ir, que me estaba poniendo las cosas difíciles y que yo estaba firme y en alto como la Torre Ghirlandina, finalmente accedió pero me dijo que no tenía llaves, tuve que bajar a abrirle y regrese con un par de condones que recogí de la maleta de mano y volví presuroso.
Lou se había levantado, camine hacia ella y le puse la mano en la cintura, ella se volteo salvajemente y empezó a… llorar sobre mi hombro, si, empezó a llorar sobre mi hombro. Yo estaba tratando de recordar que pude haber hecho para ofender de esta manera a los Dioses Olímpicos pero no se me ocurría nada, finalmente nos sentamos y ella me contó su historia.
Lou trabajaba de mesera en un bar de Ëpiro, llegó ahí después de un extraño peregrinar desde su Oceanía natal, el bar era de un griego cuarentón llamado Marko, esos de pelos en el pecho y quijada filosa, estaba casado con Sila, una joven 10 años menor que le ayudaba a manejar el bar.
Los horarios nocturnos y la complicidad del pecado los llevó inexorablemente a rodar por una calle muy conocida. Un día barría con las luces encendidas y las sillas sobre la mesa cuando sintió una mano que la tomaba de la cintura, con carne trémula dejo caer su melena de fuego hacia atrás mientras sentía unos labios que la devoraban caminando hacia el nudo del delantal.
Rodaron por el suelo entre chingas de cigarro, cervezas derramadas y miles de malos pasos, ellos sabía que eso no podía estar mal, que nada de eso era un error sino una bella decisión con un par de tontas condiciones.
Se recogió el cabello, besó a Sila en los labios y se retiro.
Cada mañana Lou se sacudía las colillas del cabello y continuaba, hasta que un día supo que eso no podía seguir y decidió tomar un barco a Italia.
-Por eso te preguntaba ¿Como cogen los latinos? No puedo darme el lujo de un mal polvo después de eso, necesito que me cojan de aquí a que se me olvide Sila- Me dijo mientras me temblaba el labio.
Esa noche la pase en el camarote de Lou, tratando de voltear el barco, hundiéndonos en el Jónico, dejando atrás el golfo de Corinto con todo y Sila, ella se durmió después de fumarse un rollie, yo me vestí, y me fui a mi camarote, cuando la vi bajarse al día siguiente le di la espalda y me monte en mi bus.
Las calles de Brindissi son un poco caóticas, un poco peligrosas, uno da un vuelta equivocada a la esquina y puede terminar en manos de la Camorra… Cuando cayó la noche fui al Sotto le Stelle, encendi un cigarrillo y pedi una μιλοζ con ojos de “arrepentirme de mentiritas”.
Salimos del puerto de Elefsis de noche, con un frio de la gran puta, saque un café que parecía ser de la maquina de Nescafe, pero siendo absolutamente ciertos era de νεξκαΦε, el idioma no alteró en nada la lamentable calidad del café, me comí el último gyro de mi vida y le dije efgaristo a esa temporada helénica.
Había cruzado Grecia mientras realizaba mi tesis de Maestría en Humanidades, durante los días era estudiante, durante las noches gato negro, gitaneamos el territorio como quien cultiva naranjas¸ desde las altas cumbres olímpicas, pasando por las cantinas de pescadores en Hydra, por los resort de esquí en Metzobo, hasta los monasterios en las altas cumbres de las maravillosas Meteoras.
Abordamos un barco inmenso y muy viejo hacia Brindissi en Italia, deje mis cosas en el camarote que compartía con un tutor y un par de compañeros de estudio, después de tomarme un par de ouzos busque la superficie.
Siempre tuve una fijación con eso de estar recibiendo el viento en la borda mientras se ve alejar la costa que posiblemente no se volverá a pisar, mis compañeros se quedaron apaciblemente durmiendo mientras yo fui a soportar el viento frio del mar Jónico.
La cubierta estaba maravillosamente “casi sola”, encendí un cigarro y me acerque con el motivo de ser notado sin forzar un encuentro, Una pelirroja, alta y guapa con chaqueta roída y ojos de “arrepentida de mentiritas” se fumaba un porro en papel de arroz a unos 10 pasos de la mesa de formica blanca en que me había sentado.
Noto mi presencia y se me acercó, me dijo en inglés:
-Dicen que en Brindissi hay un lugar que se llama Sotto le Stelle que vende μιλοζ, por si te llega a hacer falta y no pensás volver.
-No creo que me vaya a hacer falta y me encantaría volver- dije con un forzado acento latino para el inglés, como de profesor de salsa en Cocobongo.
Me preguntó de donde venía, le dije Costa Rica, me preguntó que donde era eso (naturalmente), luego de mucho esfuerzo la situé en esa Latinoamérica imaginaria en donde todos bailamos tango, tomamos tequila y jugamos futbol como Maradona.
Ella se llamaba Lou y era neozelandesa, intentó a continuación explicarme donde quedaba eso, uso de referencia Australia, yo le dije que había visto el Señor de los Anillos y eso nos facilitó el camino a una conversación más interesante.
Me preguntó si era cierto que los latinos éramos amantes legendarios le dije que no sabía que no me había tocado amanecer con un hombre latino y que tampoco estaba tan interesado en averiguarlo, que si por su parte ella quería investigar al respecto, con todo gusto podría experimentar con este, uno de los peores ejemplares de mi especie
Con un esplendido sentido de la oportunidad apareció entonces Jaime, un compañero de la maestría, un hombre que era estricto producto de su Alajuelita, su Lencho Salazar y su Chinchibi, no sabía decir una palabra en ingles pero se sentía en necesidad de acompañar nuestra conversación utilizándome como su traductor.
Tuve que repasar el tema de Costa Rica - Nueva Zelanda, le dijo a través mío que éramos un país de paz, con mucha ecología y esas cosas que en este momento me dan un poco de vergüenza. El cabrón hablaba como si fuera Tonto, el amigo del llanero solitario, no conjugaba los verbos y gestualizaba cada palabra, lo malo es que me hablaba a mi que era quien servía de puente entre ingles y subnormal.
Ella empezó a decirme que los Neozelandeses eran pésimos polvos y que a las neozelandesas les gustaba mucho el “sex in the bump”, el pendejo me preguntaba que estaba diciendo ella.
-Que hicieron el Señor de los Anillos ahí, Jaime.
Seguía ella- Esos griegos creen que son geniales pero no les gusta comer concha
-¿Qué dijo?- Que ojala podamos conocer algún día Nueva Zelanda.
-Dígale que las muchachas de ahí son muy bonitas- sonreía Jaime.
-Dice que tiene que irse porque se acaba de venir en sus pantalones.
Lo tome del brazo y le explique que se tenía que ir, que me estaba poniendo las cosas difíciles y que yo estaba firme y en alto como la Torre Ghirlandina, finalmente accedió pero me dijo que no tenía llaves, tuve que bajar a abrirle y regrese con un par de condones que recogí de la maleta de mano y volví presuroso.
Lou se había levantado, camine hacia ella y le puse la mano en la cintura, ella se volteo salvajemente y empezó a… llorar sobre mi hombro, si, empezó a llorar sobre mi hombro. Yo estaba tratando de recordar que pude haber hecho para ofender de esta manera a los Dioses Olímpicos pero no se me ocurría nada, finalmente nos sentamos y ella me contó su historia.
Lou trabajaba de mesera en un bar de Ëpiro, llegó ahí después de un extraño peregrinar desde su Oceanía natal, el bar era de un griego cuarentón llamado Marko, esos de pelos en el pecho y quijada filosa, estaba casado con Sila, una joven 10 años menor que le ayudaba a manejar el bar.
Los horarios nocturnos y la complicidad del pecado los llevó inexorablemente a rodar por una calle muy conocida. Un día barría con las luces encendidas y las sillas sobre la mesa cuando sintió una mano que la tomaba de la cintura, con carne trémula dejo caer su melena de fuego hacia atrás mientras sentía unos labios que la devoraban caminando hacia el nudo del delantal.
Rodaron por el suelo entre chingas de cigarro, cervezas derramadas y miles de malos pasos, ellos sabía que eso no podía estar mal, que nada de eso era un error sino una bella decisión con un par de tontas condiciones.
Se recogió el cabello, besó a Sila en los labios y se retiro.
Cada mañana Lou se sacudía las colillas del cabello y continuaba, hasta que un día supo que eso no podía seguir y decidió tomar un barco a Italia.
-Por eso te preguntaba ¿Como cogen los latinos? No puedo darme el lujo de un mal polvo después de eso, necesito que me cojan de aquí a que se me olvide Sila- Me dijo mientras me temblaba el labio.
Esa noche la pase en el camarote de Lou, tratando de voltear el barco, hundiéndonos en el Jónico, dejando atrás el golfo de Corinto con todo y Sila, ella se durmió después de fumarse un rollie, yo me vestí, y me fui a mi camarote, cuando la vi bajarse al día siguiente le di la espalda y me monte en mi bus.
Las calles de Brindissi son un poco caóticas, un poco peligrosas, uno da un vuelta equivocada a la esquina y puede terminar en manos de la Camorra… Cuando cayó la noche fui al Sotto le Stelle, encendi un cigarrillo y pedi una μιλοζ con ojos de “arrepentirme de mentiritas”.
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