Normalmente te dicen que en Europa existe una cultura de general rechazo a lo que suene gringo, que el inglés se vuelve absolutamente inútil y nadie te aceptaría un dólar y muchísimo menos una American Express. Eso no es tan cierto, los billetes te los aceptan y si le hablas despacio en ingles te responden en su casi incomprensible versión.
Donde es mas marcado esto es en Francia; ya acostumbrados a que los enemigos durante mas de 100 años hablaban ingles, parece que no habían terminado de perdonar el rollo de los Liberty Fries.
Pero un caso particular fue el de Angulema (Angoulême) donde normalmente la gente habla un muy buen español. Probablemente esto se debe a que después de la Guerra Civil española se había establecido acá un núcleo de la resistencia en donde se sentaban a hablar cosas feas del generalísimo y a dejarse la barba. La mitad terminaron en condición botonil tras una visita guiada a los campos de exterminio nazi y la otra mitad contó con mucha mas suerte y eventualmente se terminaron dando de acostones con las angomoisins.
Aquella noche llovía, yo había salido con las primeras luces de un Paris sin aguacero y por tierra había llegado entre castillos hermosos y tartaletas de frutas a esta hermosa ciudad del atlántico francés en mi ruta hacía el país vazco, pero llovía. Y aparte que llovía yo me moría del cansancio, había viajado en bus durante horas y no tenía fuerza para mucho más que una Stella en el lobby bar.
El hotel era curioso, porque si por algo es reconocido Angulema es por su Festival Internacional del Comic, especificamente el franco-belga por eso los pasillos estaba disfrazados de bandes dessinées con cuadros del periodista aventurero Tin Tin, de los suspiritos azules, Asterix y otros muchos que ya no alcancé a conocer.
Me cambié en la habitación que compartía con una Barbarella pintada en la pared y camine a la barra del primer piso a rehidratarme antes de caer finalmente al merecido descanso, trate de pedir mi cerveza en ingles y el barman me respondió en un buen español que me facilitó la futura conversación.
A nuestra conversación se unió una señora que estaba con su marido (pero el monsieur no hablaba español) y un nuevo personaje que se integró al poco rato. Se trataba de un taxista que se sentó a la barra mientras esperaba una buena salida o que bajara un poco la lluvia.
Con gran naturalidad surgió la pregunta ¿De donde viene? Ya algo acostumbrado a que en el más benévolo de los casos nos confundieran con Puerto Rico, me prestaba de inmediato a ubicarlos en Centroamérica y de ahí improvisar. Pero no, el taxista dijo que conocía bien de Costa Rica, que era un ávido lector y que entre sus revistas y libros se había encontrado mas de una vez con la dramática situación costarricense
-Bueno, no es particularmente dramática- pensé mientras el taxista le explicaba a la dama que tan a menudo muere gente por inanición en suelo nacional.
Después de que ya la conversación me estaba poniendo incomodo le explique que la pobreza extrema no era un tema que molestara por estadística sino por mero humanismo, que no teníamos grandes ciudades pero que tradicionalmente éramos un país con una gran clase media.
El señor me “sacó de mi error” al aclararme que mi confusión nace al no entender bien los alcances de la clase media, luego me hablo de su carro, su tele y que le había comprado una computadora a su hijo mayor, yo lo escuchaba mientras me tomaba mi cerveza de 6 euros al otro lado del mundo.
Le comente luego que yo también tenia televisión, carro y computadora, y que ninguno estaba hecho de cocos; de hecho ya tenía tele cuando tuvo éxito su asquerosito bebe Jordi. Vaya le dije incluso que el primer hispanoparlante en el espacio era tico.
Me hablo consecuentemente de cómo algunos logran escapar de la selva cuando burlan a los gordos y sudados militares que nos gobiernan.
Le dije desde luego que en Costa Rica no tenemos ejercito, que hasta le habían dado un Nóbel a un tico, y por mucho no el más bueno, también le aclare que nunca compramos un misil de esos que se producen en Francia, de esos que eran el mayor producto de exportación de esta región.
Ya gritoncito me dijo que ha de ser por lo pobres porque aquí los niños mueren de hambre a diario, que somos tan pobres que ni Bob Geldof se atreve a entrar, que somos tan pobres que aspiramos al subdesarrollo y para hacer la cosa mas molesta siguió su discurso EN FRANCES, como para sacar de esto al tercermundista.
Yo sentí que me corría la sangre como el Grande de Térraba, que Garabito me cubría la esquina mientras el Malacrianza interno me pedía puerta. Lo voltee del hombro y le dije despacito, como para que le quedara claro a él y a los demás.
-Mire señor ¿Usted qué piensa? ¿Que en Costa Rica todos nos ganamos la vida manejando un taxi?-
miércoles, 16 de septiembre de 2009
jueves, 3 de septiembre de 2009
chau, gordo
Ahora se que tenían razón. No había puesto el primer pie en la Universidad y mis profesores ya me habían aclarado que estaba cometiendo un grave error. Con excesiva animosidad nos explicaban como el periodismo genera ulceras, arrugas, caída prematura del cabello, divorcios, hipertensión, disfunción eréctil, demencia etc. etc. etc.
Pero bueno, yo era joven y necio y creía que a los 18 años ya uno ha definido que es lo que quiere hacer con el resto de su vida, yo creía que el periodismo era chiva y entre más me jodían más periodista me sentía. Pero ya el apasionamiento fue siendo menos cuando te adentrabas en la realidad de esta profesión, el lidiar con fuentes de información tan despreciables como lo soy yo en este momento, los horarios de mierda, los salarios de mierda y esa maña que tiene todo el mundo de creer que pueden hacer nuestro trabajo, y mejor.
En medio de todo esto apareció una especie de oasis gordo. William Vargas era profesor en la universidad desde hace años, había trabajado en el extinto Notiseis, en algunos periódicos y ahora laboraba para el Semanario Universidad pero en realidad el siempre debió de enseñar.
Y no se trata de fundamentos técnicos porque cualquier mono entrenado termina la carrera de periodismo con cierto grado de éxito (no se ofendan porque saben que es cierto), sino en el tema del compromiso con la verdad, de la función pública que chorrea por las yemas de los dedos de un comunicador comprometido con dar de su parte para reducir la injusticia y mejorar un poquito las cosas.
Fumábamos como locos en la soda y luego bebíamos como marineros en La Nena, aprendí a amar el trago conversado, a que en las cantinas no solo se habla de viejas y de carros sino que es el mejor ambiente para pensar, para ser más analítico y humano.
Varias generaciones crecimos como periodistas,-de esos de verdad- de esos con bicicleta, que somos los que hoy movemos las páginas de los diarios, las ediciones noticiosas locales y foráneas, y la comunicación del otro lado de la barrera.
Después del gordo todo muy débil, muy hi tec, mucho video desarrollo, FODA y cuanto sobo se estila entre el yuppieperiodismo. Digo después del gordo porque el gordo se nos fue ya hace un par de años en un acto de perversa ironía, al fumador, tomador, hipertenso, goooordo de 300 libras se lo llevo la leucemia.
Cuando nos reunimos aun dejamos una silla vacía esperando que nos cuente nuevamente historias como esta con que procedo, que no me va a salir tan linda pero a más de uno nos va a llevar nuevamente a esas sillas peladas contra el marco polvoriento de la misma cantina en donde nos tomamos más de mil cervezas de a 275 o dos por 500.
Procedo si me lo permiten….
William nació en un pueblito pequeño de Pérez Zeledón, al sur del país para quienes leen esto fuera de nuestros 53 mil kilómetros. Era una zona y un tiempo claramente rural, en donde los viejos se levantaban con las alforjas hacia las 3 y resto para estar trabajando mucho antes que salieran los primeros rayos del sol. Luego regresaban a casa a escuchar esos radiecillos que aparte del AM tenían como 5 otras bandas que nunca llegue a entender, todas menos el FM.
Con ese frio el alma se congela, no la de las madres, que se calentaban rico a la par del fogón de leña mientras preparaban los frijoles y esperaban a los hijos que empezaban a regresar de las escuelas. Ya los hijos iban a las escuelas y a veces a los colegios, pero para ir a la universidad había que montarse a la cazadora y buscar casa en donde un tío o alquilar un cuartito en el centro si les sale algo de beca.
William se había decidido a ser periodista porque así nació, mucha opción no le quedo nunca, y esa mañana se despidió de abrazo de su mama y se paro frente a su tata esperando que este levantara los brazos por primera vez en su vida, que abandonara su mutismo aunque sea un ratito.
Pero no, el viejo se despidió como quien se despide para ir a la pulpería, como quien le dice muchas gracias al 113, como si nada hubiera pasado y nadie se fuera o nadie se quedara.
Y se fue, cada que podía regresaba al pueblo y le contaba radiante en emoción que ahora salía en tele, que le habían dado un premio nacional, que se había casado, que se tomo unos tragos con Silvio Rodríguez, que habló de poesía con el Gabo y estoy seguro que le habrá dicho que ahí en la Universidad tenía unos mil chiquillos que para el eran como hijos, como hermanillos menores. Pero el viejo nada, asentía mientras fumaba y agregaría alguna frase apagada como para hacer notar que le aburría terriblemente lo que estaba pasando.
Su mama murió y sus visitas se hicieron más distanciadas, el viejo trabajo desde la madrugada hasta el último día de su vida, ese último día había llegado y cuando el teléfono sonó tan tarde esa noche ya el gordo se limpiaba los lagrimones con sus manos pesadas mientras agarraba el bus para ordenar los asuntos de su tata.
Cuando volvió a entrar a la casa los sentimientos se le mezclaron. El pecho se le quería romper, latía como si tuviera dos corazones. Se sentó en la cama de sus viejos y empezó a recoger todas sus camisas viejas, pantalones rotos y otras muy pocas cosas de esas que uno acumula en toda una vida.
Se sentó en el borde del catre y se llevó las manos a su calva cabeza agarrando las dos mechas que le quedaban a cada lado de la cabeza, posó los codos en las rodillas y bajó la cabeza. Entre sus pies notó que se asomaba una caja de zapatos amarrada con un pabilo.
Tomo la caja en sus manos, soltó el pabilo y empezó a sacar pedazos de papel amarillentos, unos muy viejos, como del tiempo cuando se fue, otros muy nuevos, como de la semana pasada. Empezó a leer esos títulos que venían desde la Penca a la entrevista con el Gabo y los presones del combo. Un título, a veces una bajadilla, después de eso siempre un William Vargas.
Ahí estaban todas sus notas, algunas con posillos de tinta corrida, como si hubiese llovido un poquito, especialmente algunas de las primeras y las que venían después de la muerte de su mama.
El gordo nuca tuvo hijos- bueno si- nosotros; a los que nunca tuvo reparos de hacernos saber lo orgulloso que lo hacíamos sentir. Yo no tengo reparos para hacerle saber lo que nos hacés falta, gordo hijueputa, y lo mucho que odio que me hayas hecho tan incurablemente periodista.
Pero bueno, yo era joven y necio y creía que a los 18 años ya uno ha definido que es lo que quiere hacer con el resto de su vida, yo creía que el periodismo era chiva y entre más me jodían más periodista me sentía. Pero ya el apasionamiento fue siendo menos cuando te adentrabas en la realidad de esta profesión, el lidiar con fuentes de información tan despreciables como lo soy yo en este momento, los horarios de mierda, los salarios de mierda y esa maña que tiene todo el mundo de creer que pueden hacer nuestro trabajo, y mejor.
En medio de todo esto apareció una especie de oasis gordo. William Vargas era profesor en la universidad desde hace años, había trabajado en el extinto Notiseis, en algunos periódicos y ahora laboraba para el Semanario Universidad pero en realidad el siempre debió de enseñar.
Y no se trata de fundamentos técnicos porque cualquier mono entrenado termina la carrera de periodismo con cierto grado de éxito (no se ofendan porque saben que es cierto), sino en el tema del compromiso con la verdad, de la función pública que chorrea por las yemas de los dedos de un comunicador comprometido con dar de su parte para reducir la injusticia y mejorar un poquito las cosas.
Fumábamos como locos en la soda y luego bebíamos como marineros en La Nena, aprendí a amar el trago conversado, a que en las cantinas no solo se habla de viejas y de carros sino que es el mejor ambiente para pensar, para ser más analítico y humano.
Varias generaciones crecimos como periodistas,-de esos de verdad- de esos con bicicleta, que somos los que hoy movemos las páginas de los diarios, las ediciones noticiosas locales y foráneas, y la comunicación del otro lado de la barrera.
Después del gordo todo muy débil, muy hi tec, mucho video desarrollo, FODA y cuanto sobo se estila entre el yuppieperiodismo. Digo después del gordo porque el gordo se nos fue ya hace un par de años en un acto de perversa ironía, al fumador, tomador, hipertenso, goooordo de 300 libras se lo llevo la leucemia.
Cuando nos reunimos aun dejamos una silla vacía esperando que nos cuente nuevamente historias como esta con que procedo, que no me va a salir tan linda pero a más de uno nos va a llevar nuevamente a esas sillas peladas contra el marco polvoriento de la misma cantina en donde nos tomamos más de mil cervezas de a 275 o dos por 500.
Procedo si me lo permiten….
William nació en un pueblito pequeño de Pérez Zeledón, al sur del país para quienes leen esto fuera de nuestros 53 mil kilómetros. Era una zona y un tiempo claramente rural, en donde los viejos se levantaban con las alforjas hacia las 3 y resto para estar trabajando mucho antes que salieran los primeros rayos del sol. Luego regresaban a casa a escuchar esos radiecillos que aparte del AM tenían como 5 otras bandas que nunca llegue a entender, todas menos el FM.
Con ese frio el alma se congela, no la de las madres, que se calentaban rico a la par del fogón de leña mientras preparaban los frijoles y esperaban a los hijos que empezaban a regresar de las escuelas. Ya los hijos iban a las escuelas y a veces a los colegios, pero para ir a la universidad había que montarse a la cazadora y buscar casa en donde un tío o alquilar un cuartito en el centro si les sale algo de beca.
William se había decidido a ser periodista porque así nació, mucha opción no le quedo nunca, y esa mañana se despidió de abrazo de su mama y se paro frente a su tata esperando que este levantara los brazos por primera vez en su vida, que abandonara su mutismo aunque sea un ratito.
Pero no, el viejo se despidió como quien se despide para ir a la pulpería, como quien le dice muchas gracias al 113, como si nada hubiera pasado y nadie se fuera o nadie se quedara.
Y se fue, cada que podía regresaba al pueblo y le contaba radiante en emoción que ahora salía en tele, que le habían dado un premio nacional, que se había casado, que se tomo unos tragos con Silvio Rodríguez, que habló de poesía con el Gabo y estoy seguro que le habrá dicho que ahí en la Universidad tenía unos mil chiquillos que para el eran como hijos, como hermanillos menores. Pero el viejo nada, asentía mientras fumaba y agregaría alguna frase apagada como para hacer notar que le aburría terriblemente lo que estaba pasando.
Su mama murió y sus visitas se hicieron más distanciadas, el viejo trabajo desde la madrugada hasta el último día de su vida, ese último día había llegado y cuando el teléfono sonó tan tarde esa noche ya el gordo se limpiaba los lagrimones con sus manos pesadas mientras agarraba el bus para ordenar los asuntos de su tata.
Cuando volvió a entrar a la casa los sentimientos se le mezclaron. El pecho se le quería romper, latía como si tuviera dos corazones. Se sentó en la cama de sus viejos y empezó a recoger todas sus camisas viejas, pantalones rotos y otras muy pocas cosas de esas que uno acumula en toda una vida.
Se sentó en el borde del catre y se llevó las manos a su calva cabeza agarrando las dos mechas que le quedaban a cada lado de la cabeza, posó los codos en las rodillas y bajó la cabeza. Entre sus pies notó que se asomaba una caja de zapatos amarrada con un pabilo.
Tomo la caja en sus manos, soltó el pabilo y empezó a sacar pedazos de papel amarillentos, unos muy viejos, como del tiempo cuando se fue, otros muy nuevos, como de la semana pasada. Empezó a leer esos títulos que venían desde la Penca a la entrevista con el Gabo y los presones del combo. Un título, a veces una bajadilla, después de eso siempre un William Vargas.
Ahí estaban todas sus notas, algunas con posillos de tinta corrida, como si hubiese llovido un poquito, especialmente algunas de las primeras y las que venían después de la muerte de su mama.
El gordo nuca tuvo hijos- bueno si- nosotros; a los que nunca tuvo reparos de hacernos saber lo orgulloso que lo hacíamos sentir. Yo no tengo reparos para hacerle saber lo que nos hacés falta, gordo hijueputa, y lo mucho que odio que me hayas hecho tan incurablemente periodista.
lunes, 24 de agosto de 2009
me hacés bonito
El tenerte cerca me hace bonito, la gente me lo ha dicho y yo lo se, que desde hace un tiempo atrás brillo bonito. Nadie sabe de que se trata pero ahora sonrío más, hablo con más gracia y soy más humano, me despierto sonriendo aunque tenga sueño y diga lo que diga la báscula, estoy más flaco.
Me cambie el peinado, me quite el bigote, juro que me veo 5 años más joven y me siento 15. Ahora canto canciones de Calamaro mientras me sirvo el café, dibujo bichos a la orilla del periódico cuando estoy haciendo el crucigrama, como helados frente al Teatro Nacional, deje a medio palo el Lobo Estepario y volví a empezar Cocorí.
Tal vez no debería decir esto, pero las mujeres me ven distinto, me hablan con cualquier excusa, me recuerdan diferente, nadie sabe lo que es pero es que vos me hacés bonito.
Y es que vos sos bonita, y la vida es bonita y a veces uno solo necesita que se le corra la nubecita para ver el sol y así levantar la vista y ya no ver al suelo, por ahí y me caigo pero no hace falta que me ayudes a levantarme, yo en algún momento te alcanzo.
Normalmente se me ve huraño, como un animalito agredido que ladra mucho y pela los dientes, pero aunque la vida si me ha dado más de una patada y en ocasiones piense que somos perritos rencos de la misma pata, hemos aprendido a menear el rabo cuando nos juntamos y ya cuando no estas me echo de panza a tomar el sol.
En días como este me gustaría creer en Dios para poder decirle gracias. Jejejejeje.
Y eso te lo debo a vos, porque antes no venía tan bonito pero vos me viste bonito (ya no mintás) , y me aguantaste un par de pelotudeces y me recordaste lo bonito que es recién dejar de verse y hablarse por teléfono, y vos también recordaste lo bonito que era llegar tarde -con tragos- y a la mañana siguiente sentirse bien y hacérmelo saber, y ponerse apodos y ponerse canciones y robarse besillos y esas cosas que había dejado de hacer hace ya mucho tiempo.
En estos años normalmente no he sido el mejor hombre, a algunas mujeres decepcione y muchas otras ni me di chance de conocerlas, también otras me hicieron daño a mi y me dejaron encajonado con un corazón de piedra granito, de lo que se hacen las tumbas. Lo más probable es que vuelva a ser así en algún momento -ojala no- pero probablemente si.
De todas formas hoy no tengo tiempo de pasados ni futuros, hoy solo me da chance de ir a jugar con perros a las veterinarias, de tomarme una cerveza fría, de comer chocolates y de chatear con vos un ratito, sentado como indito y arqueado como una llanta.
Trate varias veces de escribir algo sobre vos pero me costaba, creo que ya se me olvido como se decían cosas bonitas cuando son ciertas, pero hoy me desperté sonriendo otra vez y me vi en el espejo me sentí bonito, me senté frente a la computadora y solo se me ocurrió que tengo mucha suerte, porque encontré una bonita que me hace bonito y que aunque se nos esté acabando el tiempo no me duele, porque es peligroso andar mucho tiempo por la vida viendose tan bonito. Jajajajajaja
Sea como sea *NX
Me cambie el peinado, me quite el bigote, juro que me veo 5 años más joven y me siento 15. Ahora canto canciones de Calamaro mientras me sirvo el café, dibujo bichos a la orilla del periódico cuando estoy haciendo el crucigrama, como helados frente al Teatro Nacional, deje a medio palo el Lobo Estepario y volví a empezar Cocorí.
Tal vez no debería decir esto, pero las mujeres me ven distinto, me hablan con cualquier excusa, me recuerdan diferente, nadie sabe lo que es pero es que vos me hacés bonito.
Y es que vos sos bonita, y la vida es bonita y a veces uno solo necesita que se le corra la nubecita para ver el sol y así levantar la vista y ya no ver al suelo, por ahí y me caigo pero no hace falta que me ayudes a levantarme, yo en algún momento te alcanzo.
Normalmente se me ve huraño, como un animalito agredido que ladra mucho y pela los dientes, pero aunque la vida si me ha dado más de una patada y en ocasiones piense que somos perritos rencos de la misma pata, hemos aprendido a menear el rabo cuando nos juntamos y ya cuando no estas me echo de panza a tomar el sol.
En días como este me gustaría creer en Dios para poder decirle gracias. Jejejejeje.
Y eso te lo debo a vos, porque antes no venía tan bonito pero vos me viste bonito (ya no mintás) , y me aguantaste un par de pelotudeces y me recordaste lo bonito que es recién dejar de verse y hablarse por teléfono, y vos también recordaste lo bonito que era llegar tarde -con tragos- y a la mañana siguiente sentirse bien y hacérmelo saber, y ponerse apodos y ponerse canciones y robarse besillos y esas cosas que había dejado de hacer hace ya mucho tiempo.
En estos años normalmente no he sido el mejor hombre, a algunas mujeres decepcione y muchas otras ni me di chance de conocerlas, también otras me hicieron daño a mi y me dejaron encajonado con un corazón de piedra granito, de lo que se hacen las tumbas. Lo más probable es que vuelva a ser así en algún momento -ojala no- pero probablemente si.
De todas formas hoy no tengo tiempo de pasados ni futuros, hoy solo me da chance de ir a jugar con perros a las veterinarias, de tomarme una cerveza fría, de comer chocolates y de chatear con vos un ratito, sentado como indito y arqueado como una llanta.
Trate varias veces de escribir algo sobre vos pero me costaba, creo que ya se me olvido como se decían cosas bonitas cuando son ciertas, pero hoy me desperté sonriendo otra vez y me vi en el espejo me sentí bonito, me senté frente a la computadora y solo se me ocurrió que tengo mucha suerte, porque encontré una bonita que me hace bonito y que aunque se nos esté acabando el tiempo no me duele, porque es peligroso andar mucho tiempo por la vida viendose tan bonito. Jajajajajaja
Sea como sea *NX
jueves, 13 de agosto de 2009
paloma negra
Mi abuelo fue alcalde de Buenos Aires hace unos 50 años cuando eso era un castigo para cualquier profesional indiscreto que gusta más de las mujeres, los pleitos y el trago que del crecimiento profesional y el interés colectivo. Buenos Aires era tierra de indios, y todavía se sabe en todos los caminos que vienen desde las montañas, que en tierra de indios manda más el cacique que ningún alcalde
Y tampoco es como que se lo propusiera, en realidad Buenos Aires fue una especie de clínica de intoxicación, en donde podía amaneces en cualquier esquina albadeado de chicha sin que pesase el escrutinio de la mirada vallecentralina. Pero mi abuelo trajo un tesoro del centro, 4 hijas jóvenes y bonitas que levantaron el revuelo entre el pueblo.
Las menores eran aun niñas que a lo sumo ocasionaron problemas de niñas, pero la más grande ocasionó un problema mucho mayor, un potentado de línea Usekra había puesto sus ojos en ella y bueno… más que sus ojos, porque una pequeña indita crecía dentro del vientre blanco de mi tía.
El indio se casó enamorado, y entre su silencio de indio fue abriéndole el corazón a su mestizo retoño. Pero Buenos Aires era muy pequeño para un corazón tan grande, nacida la niña el pueblo empezó a arderle como ortiga, y los besos del indio a saberle como bebedizo amargo.
Cuando mis abuelos regresaron a San Jose mi tía volvió con ellos, los viejos se hicieron cargo de la pequeña cuando ella era más niña que la recién nacida y hacía pataletas cuando no quería ser mujer, cuando se rehusaba a ser mama y se le había olvidado como amar al cacique.
El indio se compró una casa enfrente a la de ellos para poder pedirle a diario que no le clavara esa flecha, que la dejara tocar de nuevo su rubia cabellera y decirle una vez más cuanto la quería en su tosco modo. Que por lo menos lo dejaran ver a su niña, que no lo matara como a un indio en tierra de blancos.
Pero ya era muy tarde, ya otro había entrado a su rancho y no pensaba irse así de fácil. Peñaranda tenía un galillo angelical, cantaba en el trío Costa Rica y lo había conocido una noche que se escapó a la Esmeralda. No más de verlo se rindió, ella sabia que ese iba a ser su tormento hasta el día de su muerte.
Peña le cantaba la Paloma Negra y la mataba, poco tiempo después se estaban jurando juntos y formaban un hogar con tres nuevos retoños. Su Paloma si supo ser madre, y muy madre, de estos y supo ser mujer y muy mujer, del cantante.
Consecuentemente Peña no se negaba al mundo ni a la noche y la mayor parte del tiempo no se negaba a las mujeres, esas mismas palabras que la enamoraron, enamoraron a muchas más, agarraba por su cuenta la parranda y desaparecía días enteros en otras casas y volvía alevoso a rebosarle los oídos con palabritas de amor.
Aparte de eso: la pobreza, con tres niños en edad de necesitar y un salario de cantante que se dividía entre los hijos, el trago y sus desapariciones. Un verdadero apostolado de amor cuando recordaba que las tierras del indio alcanzaban desde la cerca hasta donde se acababa la vista y este nunca escatimo en detalles para hacerla sentir como su reina.
Pero el amor es así de cabrón y nada la hacía sentir tan plena como cuando entraba un: sol, do, re, sol, re
Y bueno, la vida no era fácil pero era vida, al fin y al cabo de que sirve la estabilidad cuando no se desea. Pero aun así a ratos quería escapar y a veces el agua se derramaba del vaso y esas puertas se cerraban para Peña pero se abrían para todos los demás.
Nunca vi a nadie manejar de mejor forma su dolor, cada vez que se peleaban lo echaba de la casa para siempre y se inventaba una fiesta, solo caía una llamada y ya uno sabia que tocaba la fiesta. No más cruzar la puerta te llegaba el olor a tequila y se te metía Jose Alfredo por los oídos.
En los ceniceros no cabían los cigarros, al tocadiscos se le ponía dos monedas de diez para que no brincara la aguja y siguiera sonando el “No volveré”, era lunes, martes, miércoles, no importaba, hoy se celebraba que a la Macha se le fue su cruz y ya por fin la cosa iba para mejor.
Pero en eso sonaba el teléfono y- como no se hablaban- el nada más le cantaba, y como eso no siempre servía, desde la acera empezaba a sonar un requinto y un galillo de querubín que le pedía a la Paloma que no se vaya, y ella era fuerte, pero no tanto.
Por dicha no se acababa el tequila sino que ahora era con música en vivo, de repente la casa se llenaba más de uniformados y las guitarras pasaban de mano en mano y las canciones se iban muriendo con el sol mientras que en un sillón placían abrazados el mariachi y la paloma.
Y al mes siguiente otra vieja, otro pleito, otra fiesta, otra borrachera, otra llamada, otra serenata, otra Paloma, otro beso y otras promesas por cumplir.
Claramente todo el mundo lo odiaba, incluso cuando el paso del tiempo lo obligo a bajar el ritmo y a desaparecer menos a menudo. Ya llevaban 30 años juntos pero nadie creía en que eso fuera algo serio. Era algo serio, se llamaba amor.
En un sobre de manila en la gaveta de al lado de la cama encontraron desglosado el monto por un ataúd barato, un cortejo fúnebre moderado y un pequeño extra para gastos de ese día; al lado, la Paloma a la que le exploto el corazón de tanto latir.
A Peña no se le volvió a ver durante todo este proceso, desapareció como llegó, por la noche. Una iglesia llena vio salir a mi tía en hombros sin que la acompañara el amor de su vida, por primera vez desde que era mujer estaba sola. La colocamos en el mismo nicho que a mis abuelos, encontró consuelo entre papá y mamá.
Cuando se prestaban a cerrar con concreto la fosa se escucho desde el fondo un nuevo:
sol, do, re, sol, re
“Ya me canso de llorar y no amanece
ya no se si maldecirte o por ti rezar.
Tengo miedo de buscarte y de encontrarte
donde me aseguran mis amigos que te vas.
Hay momentos en que quisiera mejor rajarme
y arrancarme ya los clavos de mi penar.
Pero mis ojos se mueren sin mirar tus ojos
y mi cariño con la aurora te vuelve a esperar.”
Peñaranda apareció impecable, con el traje dignamente planchado, la barba recién hecha y cantado al lado de sus otros dos mosqueteros, cuanto trato de entonar las primeras palabras se le quebró la voz cual si hubiera caído del ultimo piso de Saturno, su hermano trato de acudir al rescate pero una mano le hizo entender que ese era su trabajo, que nadie más debería nuca cantarle Paloma Negra a su mujer.
El ultimo ladrillo sello finalmente el destino entre los dos. Que la melancolía no los engañe, esta es básicamente una historia de conflictos, dependencias, infidelidades, alcoholismo, pobreza y muchos otros tipos de vicios sociales, pero ya con un par de tragos encima y cuando la canción dice aquello de “Dios dame fuerzas, que estoy muriendo por irte a buscar “uno se pone a pensar que el amor no es sino el más placentero, adictivo y destructivo de todos los buenos vicios.
Y tampoco es como que se lo propusiera, en realidad Buenos Aires fue una especie de clínica de intoxicación, en donde podía amaneces en cualquier esquina albadeado de chicha sin que pesase el escrutinio de la mirada vallecentralina. Pero mi abuelo trajo un tesoro del centro, 4 hijas jóvenes y bonitas que levantaron el revuelo entre el pueblo.
Las menores eran aun niñas que a lo sumo ocasionaron problemas de niñas, pero la más grande ocasionó un problema mucho mayor, un potentado de línea Usekra había puesto sus ojos en ella y bueno… más que sus ojos, porque una pequeña indita crecía dentro del vientre blanco de mi tía.
El indio se casó enamorado, y entre su silencio de indio fue abriéndole el corazón a su mestizo retoño. Pero Buenos Aires era muy pequeño para un corazón tan grande, nacida la niña el pueblo empezó a arderle como ortiga, y los besos del indio a saberle como bebedizo amargo.
Cuando mis abuelos regresaron a San Jose mi tía volvió con ellos, los viejos se hicieron cargo de la pequeña cuando ella era más niña que la recién nacida y hacía pataletas cuando no quería ser mujer, cuando se rehusaba a ser mama y se le había olvidado como amar al cacique.
El indio se compró una casa enfrente a la de ellos para poder pedirle a diario que no le clavara esa flecha, que la dejara tocar de nuevo su rubia cabellera y decirle una vez más cuanto la quería en su tosco modo. Que por lo menos lo dejaran ver a su niña, que no lo matara como a un indio en tierra de blancos.
Pero ya era muy tarde, ya otro había entrado a su rancho y no pensaba irse así de fácil. Peñaranda tenía un galillo angelical, cantaba en el trío Costa Rica y lo había conocido una noche que se escapó a la Esmeralda. No más de verlo se rindió, ella sabia que ese iba a ser su tormento hasta el día de su muerte.
Peña le cantaba la Paloma Negra y la mataba, poco tiempo después se estaban jurando juntos y formaban un hogar con tres nuevos retoños. Su Paloma si supo ser madre, y muy madre, de estos y supo ser mujer y muy mujer, del cantante.
Consecuentemente Peña no se negaba al mundo ni a la noche y la mayor parte del tiempo no se negaba a las mujeres, esas mismas palabras que la enamoraron, enamoraron a muchas más, agarraba por su cuenta la parranda y desaparecía días enteros en otras casas y volvía alevoso a rebosarle los oídos con palabritas de amor.
Aparte de eso: la pobreza, con tres niños en edad de necesitar y un salario de cantante que se dividía entre los hijos, el trago y sus desapariciones. Un verdadero apostolado de amor cuando recordaba que las tierras del indio alcanzaban desde la cerca hasta donde se acababa la vista y este nunca escatimo en detalles para hacerla sentir como su reina.
Pero el amor es así de cabrón y nada la hacía sentir tan plena como cuando entraba un: sol, do, re, sol, re
Y bueno, la vida no era fácil pero era vida, al fin y al cabo de que sirve la estabilidad cuando no se desea. Pero aun así a ratos quería escapar y a veces el agua se derramaba del vaso y esas puertas se cerraban para Peña pero se abrían para todos los demás.
Nunca vi a nadie manejar de mejor forma su dolor, cada vez que se peleaban lo echaba de la casa para siempre y se inventaba una fiesta, solo caía una llamada y ya uno sabia que tocaba la fiesta. No más cruzar la puerta te llegaba el olor a tequila y se te metía Jose Alfredo por los oídos.
En los ceniceros no cabían los cigarros, al tocadiscos se le ponía dos monedas de diez para que no brincara la aguja y siguiera sonando el “No volveré”, era lunes, martes, miércoles, no importaba, hoy se celebraba que a la Macha se le fue su cruz y ya por fin la cosa iba para mejor.
Pero en eso sonaba el teléfono y- como no se hablaban- el nada más le cantaba, y como eso no siempre servía, desde la acera empezaba a sonar un requinto y un galillo de querubín que le pedía a la Paloma que no se vaya, y ella era fuerte, pero no tanto.
Por dicha no se acababa el tequila sino que ahora era con música en vivo, de repente la casa se llenaba más de uniformados y las guitarras pasaban de mano en mano y las canciones se iban muriendo con el sol mientras que en un sillón placían abrazados el mariachi y la paloma.
Y al mes siguiente otra vieja, otro pleito, otra fiesta, otra borrachera, otra llamada, otra serenata, otra Paloma, otro beso y otras promesas por cumplir.
Claramente todo el mundo lo odiaba, incluso cuando el paso del tiempo lo obligo a bajar el ritmo y a desaparecer menos a menudo. Ya llevaban 30 años juntos pero nadie creía en que eso fuera algo serio. Era algo serio, se llamaba amor.
En un sobre de manila en la gaveta de al lado de la cama encontraron desglosado el monto por un ataúd barato, un cortejo fúnebre moderado y un pequeño extra para gastos de ese día; al lado, la Paloma a la que le exploto el corazón de tanto latir.
A Peña no se le volvió a ver durante todo este proceso, desapareció como llegó, por la noche. Una iglesia llena vio salir a mi tía en hombros sin que la acompañara el amor de su vida, por primera vez desde que era mujer estaba sola. La colocamos en el mismo nicho que a mis abuelos, encontró consuelo entre papá y mamá.
Cuando se prestaban a cerrar con concreto la fosa se escucho desde el fondo un nuevo:
sol, do, re, sol, re
“Ya me canso de llorar y no amanece
ya no se si maldecirte o por ti rezar.
Tengo miedo de buscarte y de encontrarte
donde me aseguran mis amigos que te vas.
Hay momentos en que quisiera mejor rajarme
y arrancarme ya los clavos de mi penar.
Pero mis ojos se mueren sin mirar tus ojos
y mi cariño con la aurora te vuelve a esperar.”
Peñaranda apareció impecable, con el traje dignamente planchado, la barba recién hecha y cantado al lado de sus otros dos mosqueteros, cuanto trato de entonar las primeras palabras se le quebró la voz cual si hubiera caído del ultimo piso de Saturno, su hermano trato de acudir al rescate pero una mano le hizo entender que ese era su trabajo, que nadie más debería nuca cantarle Paloma Negra a su mujer.
El ultimo ladrillo sello finalmente el destino entre los dos. Que la melancolía no los engañe, esta es básicamente una historia de conflictos, dependencias, infidelidades, alcoholismo, pobreza y muchos otros tipos de vicios sociales, pero ya con un par de tragos encima y cuando la canción dice aquello de “Dios dame fuerzas, que estoy muriendo por irte a buscar “uno se pone a pensar que el amor no es sino el más placentero, adictivo y destructivo de todos los buenos vicios.
miércoles, 1 de julio de 2009
a las mujeres que ni siquiera ame…
Una de las cosas feas de la vida es cuando tu percepción sentimental es mucho más fuerte que la realidad, es como el rechazo en verbo pasado.
Es cabrón cuando imprudentemente se siente algo por una persona y nada llega a pasar, te quedas sin siquiera el consuelo del amor fracasado o de la noche pecadora, y eso sin embargo no repara el daño de ausencia o atenúa el hecho que sí te gustaba o que te llamaba la atención más de lo normal.
Lo triste del caso es que esto no remonta a ninguna experiencia reciente, simplemente recordé mujeres que no veo hace años, que solo las redes sociales de internet te mantiene con pista de ellas.
Pues si Albert Hammond le dedico su canción “A las mujeres que él amo”, yo le dedico un pequeño homenajito a todas las mujeres que nunca ame.
No se perdieron de mucho se los aseguro, pero quien quita un quite, por ahí y les salía mejor de lo que parezco, tal vez y cambio mis terquedades y mi delirio de deidad y me vuelvo alguien más humano y humilde.
No presumo de mis habilidades sexuales, pero el sexo siempre es rico cuando se hace con tiempo y ganas… y un poquito de colmillo. Cuando toda esa curiosidad y ansiedad desenlazan en un tributo excitado, púbico y sudoroso a las Olimpiadas, cruzando la línea de meta con las manos en bajo y los ojos en blanco; lanzando la jabalina hasta donde se pierde la vista, cerca del pebetero; luchando por terminar la maratón de últimos, ojala cuatro años después.
No se si nos habríamos quedado juntos, lo más probable es que no, que al tiempo se me fuera olvidando como me siento ahora y que vos vayas recordando como me ves en este momento y quedemos como tristes amigos que ya ni se imaginan chingos.
O al rato nos peleábamos siempre y terminábamos odiándonos, estorbándonos solo para joder y apareciéndonos mojados cada que hace sol a las 2:30 de la mañana, con dos vasos plásticos de “me vale mierda” y medio 34 servido en la tapa del tarro.
Uno nunca sabe y al final nos enamoramos, o me enamoro yo y vos no, o hasta te enamorés vos y yo mas o menos, tal vez visitemos familiares o nos lavemos ropa, podríamos hasta co afitrionar una mesa de tragos o pasar tres días tocándonos frente a la pantalla de ajustes de una película en DVD.
Lo cierto del caso es que no lo sabemos y lo más probable es que ya nunca lo vamos a saber, y tenga yo que seguir luchando con la extrañeza de pensar épocas y personas irrelevantes, preguntándome si en algún momento me viste con otros ojos (ojos de guaro aunque sean) pero con ganitas cocktaileadas al borde de un terminal error de juicio que te habría agradecido mucho.
Normalmente hoy las veo con algún carajo a la par, felices, creciendo en la vida, plenas, maduras, algunas con un poco más de “bendiciones” que las que querría; y en el fondo me siento bien conmigo porque se que yo escogí bien… aunque ustedes no me hayan escogido a mi.
Es cabrón cuando imprudentemente se siente algo por una persona y nada llega a pasar, te quedas sin siquiera el consuelo del amor fracasado o de la noche pecadora, y eso sin embargo no repara el daño de ausencia o atenúa el hecho que sí te gustaba o que te llamaba la atención más de lo normal.
Lo triste del caso es que esto no remonta a ninguna experiencia reciente, simplemente recordé mujeres que no veo hace años, que solo las redes sociales de internet te mantiene con pista de ellas.
Pues si Albert Hammond le dedico su canción “A las mujeres que él amo”, yo le dedico un pequeño homenajito a todas las mujeres que nunca ame.
No se perdieron de mucho se los aseguro, pero quien quita un quite, por ahí y les salía mejor de lo que parezco, tal vez y cambio mis terquedades y mi delirio de deidad y me vuelvo alguien más humano y humilde.
No presumo de mis habilidades sexuales, pero el sexo siempre es rico cuando se hace con tiempo y ganas… y un poquito de colmillo. Cuando toda esa curiosidad y ansiedad desenlazan en un tributo excitado, púbico y sudoroso a las Olimpiadas, cruzando la línea de meta con las manos en bajo y los ojos en blanco; lanzando la jabalina hasta donde se pierde la vista, cerca del pebetero; luchando por terminar la maratón de últimos, ojala cuatro años después.
No se si nos habríamos quedado juntos, lo más probable es que no, que al tiempo se me fuera olvidando como me siento ahora y que vos vayas recordando como me ves en este momento y quedemos como tristes amigos que ya ni se imaginan chingos.
O al rato nos peleábamos siempre y terminábamos odiándonos, estorbándonos solo para joder y apareciéndonos mojados cada que hace sol a las 2:30 de la mañana, con dos vasos plásticos de “me vale mierda” y medio 34 servido en la tapa del tarro.
Uno nunca sabe y al final nos enamoramos, o me enamoro yo y vos no, o hasta te enamorés vos y yo mas o menos, tal vez visitemos familiares o nos lavemos ropa, podríamos hasta co afitrionar una mesa de tragos o pasar tres días tocándonos frente a la pantalla de ajustes de una película en DVD.
Lo cierto del caso es que no lo sabemos y lo más probable es que ya nunca lo vamos a saber, y tenga yo que seguir luchando con la extrañeza de pensar épocas y personas irrelevantes, preguntándome si en algún momento me viste con otros ojos (ojos de guaro aunque sean) pero con ganitas cocktaileadas al borde de un terminal error de juicio que te habría agradecido mucho.
Normalmente hoy las veo con algún carajo a la par, felices, creciendo en la vida, plenas, maduras, algunas con un poco más de “bendiciones” que las que querría; y en el fondo me siento bien conmigo porque se que yo escogí bien… aunque ustedes no me hayan escogido a mi.
martes, 16 de junio de 2009
juguetes
A la par de la casa de mis abuelos se pasaron a vivir unos niños guatemaltecos, el papá trabajaba para un organismo internacional y había llegado a Costa Rica por esa misma razón yo me hice amigo de ellos, tal vez no eran millonarios pero para si tenían muchas más posibilidades de las que me podían dar mis papás en ese tiempo.
Digo, para mi una barra de mantequilla Dos Pinos era un lujo muy ocasional, un tarro de frutas en conserva era navidad. Ellos eran socios del Castillo, iban a una escuela donde les enseñaban francés, tenían un fax y lo más impresionante… tenían un cuarto solo para sus juguetes.
Y en definitiva el mundo de un niño se determina a través de los juguetes, no importa en que casa vivas, no importa que ropa uses o si tu papa es travesti o presidente, importa cuales son tus juguetes (Ya cuando cumplís unos 14 años tus juguetes vienen incorporados).
También cabe entender que vivíamos en un mundo mattel, las fabulas que veía eran He Man, GI Joe, Thundercats o Transformers, todas diseñadas a partir de líneas de juguetes, por esta razón tu entorno mental era de juguetes, hoy por hoy todavía sueño con el día en que me dejen solo en una juguetería.
Nada te hacía más feliz que el día en que tu mama llegaba con un juguete, por ninguna razón, solo para jugar, eso era mejor que navidad porque te tomaba por sorpresa. Creo que podría ser papá solo para ver la mirada de un hijo cuando cruzo la puerta con un muñeco nuevo.
Mis vecinos tenían el escorpión gigante de los transformer, la casa de los thundercats, a stratos, men at arms, C3p0, un ALF, pantrho, y miles de esos diminutos soldados gringos con que no se podía jugar. Yo por mi parte. Tenía unas abominaciones chinas que eran como para cortar relaciones diplomáticas, con músculos que parecían atrofiados y los ojos y la boca pintados al lado de donde deberían por una descoordinación de la maquina.
No podíamos decir que se tratara de piratería, más bien pertenecía a una especia de ficción sin historia en donde los buenos eran una especia de vikingos o caballeros medievales y los malos siempre eran una formas de animales antropomórficos (y como querían que no fuéramos predadores después de eso) con el mismo cuerpo de los buenos pero en colores. Obviamente la cosa era no desaprovechar moldes.
Yo le decía a mis amigos que esos pertenecían a unas fabulas que no habían llegado a Costa Rica y que ellos no la habían visto ni en cable porque era súper moderna y seguro solo la daban en el cable pero de Estados.
Con ellos jugaba futbol, luchas, de guerra, de carreras, etc. No por menospreciar el trabajo de los chinos (y esperando que hagan mejores estadios que tiliches) siempre se les rompía una liga que llevaban uniendo las dos piernas, era lo primero que se iba, después el soporte de la cabeza y en algunos casos el eje de los brazos (esos eran los menos). Entonces tocaba repararlos.
Con cinta adhesiva, pedazos de globos estallados, calcomanías de campañas políticas o del trabajo de mi mama que era en una empresa de embutidos, tijeras desafiladas y en el mejor de los casos tape eléctrico, al tiempo descubrí que también podía alterarlos, hacerles ropas que no los hicieran ver como los mismo 10 muñecos de siempre y de esa forma tuve cientos de juguetes.
Todavía conservo bajo mi cama una caja con esos viejos destartalados juguetes, en recuerdo del tiempo en que me di cuenta que si un día consigo suficiente cinta adhesiva, bien podría arreglar el mundo.
Digo, para mi una barra de mantequilla Dos Pinos era un lujo muy ocasional, un tarro de frutas en conserva era navidad. Ellos eran socios del Castillo, iban a una escuela donde les enseñaban francés, tenían un fax y lo más impresionante… tenían un cuarto solo para sus juguetes.
Y en definitiva el mundo de un niño se determina a través de los juguetes, no importa en que casa vivas, no importa que ropa uses o si tu papa es travesti o presidente, importa cuales son tus juguetes (Ya cuando cumplís unos 14 años tus juguetes vienen incorporados).
También cabe entender que vivíamos en un mundo mattel, las fabulas que veía eran He Man, GI Joe, Thundercats o Transformers, todas diseñadas a partir de líneas de juguetes, por esta razón tu entorno mental era de juguetes, hoy por hoy todavía sueño con el día en que me dejen solo en una juguetería.
Nada te hacía más feliz que el día en que tu mama llegaba con un juguete, por ninguna razón, solo para jugar, eso era mejor que navidad porque te tomaba por sorpresa. Creo que podría ser papá solo para ver la mirada de un hijo cuando cruzo la puerta con un muñeco nuevo.
Mis vecinos tenían el escorpión gigante de los transformer, la casa de los thundercats, a stratos, men at arms, C3p0, un ALF, pantrho, y miles de esos diminutos soldados gringos con que no se podía jugar. Yo por mi parte. Tenía unas abominaciones chinas que eran como para cortar relaciones diplomáticas, con músculos que parecían atrofiados y los ojos y la boca pintados al lado de donde deberían por una descoordinación de la maquina.
No podíamos decir que se tratara de piratería, más bien pertenecía a una especia de ficción sin historia en donde los buenos eran una especia de vikingos o caballeros medievales y los malos siempre eran una formas de animales antropomórficos (y como querían que no fuéramos predadores después de eso) con el mismo cuerpo de los buenos pero en colores. Obviamente la cosa era no desaprovechar moldes.
Yo le decía a mis amigos que esos pertenecían a unas fabulas que no habían llegado a Costa Rica y que ellos no la habían visto ni en cable porque era súper moderna y seguro solo la daban en el cable pero de Estados.
Con ellos jugaba futbol, luchas, de guerra, de carreras, etc. No por menospreciar el trabajo de los chinos (y esperando que hagan mejores estadios que tiliches) siempre se les rompía una liga que llevaban uniendo las dos piernas, era lo primero que se iba, después el soporte de la cabeza y en algunos casos el eje de los brazos (esos eran los menos). Entonces tocaba repararlos.
Con cinta adhesiva, pedazos de globos estallados, calcomanías de campañas políticas o del trabajo de mi mama que era en una empresa de embutidos, tijeras desafiladas y en el mejor de los casos tape eléctrico, al tiempo descubrí que también podía alterarlos, hacerles ropas que no los hicieran ver como los mismo 10 muñecos de siempre y de esa forma tuve cientos de juguetes.
Todavía conservo bajo mi cama una caja con esos viejos destartalados juguetes, en recuerdo del tiempo en que me di cuenta que si un día consigo suficiente cinta adhesiva, bien podría arreglar el mundo.
jueves, 4 de junio de 2009
esquizofrenia
Caminando por las calles oscuras con ropas raídas, esquivo los carros que insisten en arrollarme, yo era grande pero cuando saltaba caía pequeño. Si yo soy grande ¿Porque debo rehuirles? Cuando los confronto se hacen diminutos y se cuelan entre mis piernas a toda velocidad, aceleran como desquiciados evadiéndome.
Sus conductores desaparecen y sus ventanitas se hacen de metal, me lanzo tras de ellos tratando de poseerlos para mi pero ahora soy enorme y mis inmensas manos poco pueden hacer para enganchar esos raudos vehículos que me enloquecen.
Soy tan grande que las calles son pequeñas, desde arriba puedo ver la luz pero mi espalda tapa completamente al sol y llena de sombras a mis pies, ya no quiero ser grande, quiero montarme en uno de esos diminutos carros y manejar como un demente, devorar el pavimento y escapar del gigante.
Soy tan grande que soy el mundo y olvido las calles pequeñas en la medida que encuentro otras mayores, nuevos carros gigantescos me quieren destrozar pero yo ya no quiero enfrentarlos para tener luego que perseguirlos.
Con un terminal esfuerzo lleno mis manos de mi vida y me lanzo y rozo con los dedos una pequeña ambulancia, la velocidad se come mi mente, viajo a un millón de años luz por segundo, cada carro es una vida, cada carro es una historia.
Me pasaré lo que me queda de vida en el suelo, siendo arrollado por diminutas historias veloces.
Sus conductores desaparecen y sus ventanitas se hacen de metal, me lanzo tras de ellos tratando de poseerlos para mi pero ahora soy enorme y mis inmensas manos poco pueden hacer para enganchar esos raudos vehículos que me enloquecen.
Soy tan grande que las calles son pequeñas, desde arriba puedo ver la luz pero mi espalda tapa completamente al sol y llena de sombras a mis pies, ya no quiero ser grande, quiero montarme en uno de esos diminutos carros y manejar como un demente, devorar el pavimento y escapar del gigante.
Soy tan grande que soy el mundo y olvido las calles pequeñas en la medida que encuentro otras mayores, nuevos carros gigantescos me quieren destrozar pero yo ya no quiero enfrentarlos para tener luego que perseguirlos.
Con un terminal esfuerzo lleno mis manos de mi vida y me lanzo y rozo con los dedos una pequeña ambulancia, la velocidad se come mi mente, viajo a un millón de años luz por segundo, cada carro es una vida, cada carro es una historia.
Me pasaré lo que me queda de vida en el suelo, siendo arrollado por diminutas historias veloces.
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